Voynich: Génesis.

¿Estás preparado para llegar al origen?

Una novela capaz de transmutar tu alma. ¿Te atreves a leerla?

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Donde nace el águila

El pico del monte Kehlstein asomó desafiante, difuminado bajo los pliegues de una neblina que se derramaba desde la cima de los Alpes Bávaros. Estaban exhaustos. Llevaban horas atravesando un bosque poblado de cedros y abetos sin ver un alma. Por fin eso había cambiado. A unos metros de distancia y agazapado tras un enorme tronco, Ballester marcó una señal: tres dedos dirigidos al suelo. El pelotón se fundió entre árboles y matorrales. Martín Bernal ordenó posicionar «el violín de Hitler», la ametralladora MG 42, junto al flanco derecho del sendero. La ráfaga fue rápida y certera. Sigilosamente, una docena de soldados avanzaron bajo una alfombra de polvo hacia la trinchera donde ahora yacían los cadáveres de varios soldados alemanes de aspecto aniñado. A su lado, un cañón Flak-88 crepitaba, ardiendo y envuelto en una oscura nube de humo. Su dotación estaba carbonizada, descuartizada como piezas de un macabro puzle. Todos respiraron aliviados. No había rastro de más boches en los alrededores.

Estaban frente a una fastuosa puerta excavada en la roca de más de tres metros de altura y revestida en mármol del propio macizo Untesberg. Sus dos hojas de hierro con remaches forjados daban acceso al corredor por el que se accedía al elegante chalet en el que el Führer había pasado tantas jornadas junto a su amante y otros líderes del partido nazi. El Nido del Águila era perfectamente visible en la cima de la montaña, confundido entre la majestuosidad de los alpes bávaros.

Alonso Ballester había nacido en Granada en 1921. Tras participar en la Guerra Civil Española, cruzó en 1939 la frontera y acabó en el campo de concentración francés de Saint-Cyprien, donde se unió a la Legión Extranjera con tal de abandonar aquel lugar infame. Declarada la guerra en Europa, decidió alistarse en la Segunda División Blindada Leclerc. La División era una amalgama de nacionalidades, voluntarios de la libertad bajo mando francés. Los ciento cincuenta soldados que integraban la novena compañía, «La Nueve» como era conocida, eran republicanos españoles, muchos anarquistas. Habían participado en la batalla de Normandía y fueron los primeros en entrar en París. Los vehículos semioruga que abrían la marcha enarbolaban nombres vinculados a la guerra civil española: Guadalajara, Guernica, Brunete o Madrid. Recibidos como héroes, desfilaron con todos los honores por los Campos Elíseos. Ahí acabó todo. Después, llegó el silencio. Finalmente, el olvido. «París, París ultrajada, París rota, París martirizada... ¡Pero París liberada! Liberada por sí misma, liberada por su pueblo con el concurso de los ejércitos de Francia», proclamó De Gaulle en su célebre discurso patriótico. Era mentira. Francia no estaba dispuesta a que nadie le arrebatara su puesto de gloria en la historia. Ahora, en lo que parecían ser los últimos días de la sangrienta guerra, los supervivientes habían recibido órdenes de llegar al corazón simbólico del imperio nazi.

Tras cruzar el Rin y el Danubio, habían marchado a lo largo de la vía férrea, sorteando campos minados y manteniendo fieros combates que amenazaban con no dejar ni uno con vida. Se enfrentaban a lo más fanático y florido de varias compañías de las Waffen SS, que habían decidido seguir al dictador al Tártaro, en lo más profundo del infierno.

Al alba, tras recorrer la sinuosa carretera de montaña que conducía hasta la ciudad de Berchtesgaden, habían alcanzado los restos del Berghof, el segundo cuartel del Führer. El capitán Touyères había aparecido con uniforme de gala y montado en su Jeep, escoltado por varios blindados de La Nueve, como si fuese Leclerc pavoneándose por París durante el día de la victoria. Había llegado el ansiado momento de tomar el Nido del Águila. El capitán les reconoció ese honor por el infierno vivido en el desfiladero de Inzell. De los ciento cuarenta y ocho españoles que desembarcaron en la playa Utah, en Normandía, sólo quedaban un puñado con vida. Desde el Berghof, habían ascendido por un angosto camino asfaltado que culebreaba entre profundos abismos. Durante el trayecto de varios kilómetros, se habían topado con una columna de las Juventudes Hitlerianas; unos treinta críos blandiendo bandera blanca: «Wir geben auf! Wir geben auf!» Martín les ofreció una tableta de chocolate y, brazos en alto, desfilaron en dirección a Berchesgaden hacia donde acampaba el resto de la unidad. La carretera finalizó abruptamente. Llegaron a las grandes puertas de hierro forjado, cuyo marco había sido excavado directamente en la montaña. Un túnel conducía hasta un ascensor para ascender a lo alto del monte Kehistein, a más de dos mil metros de altura. Era el Adierhorst, el Nido del Águila. El refugio más oculto y secreto del Führer.

El calor apretaba y Ballester respiraba con dificultad debido a la baja presencia de oxígeno en las alturas. Buscó en sus bolsillos hasta tocar un arrugado paquete de cigarrillos y encendió un Galois. Había dejado el vino al alistarse en la Guerra Civil Española. El pitillo era otra cosa; le calmaba los nervios. Fumar Galois era para los franceses un motivo de orgullo nacional, aunque Alonso adoraba el Lucky Strike de los americanos. No podía quejarse; en los últimos meses de la pasada Guerra Civil se había fumado hasta pitos hechos con hojas secas o cáscaras de cacahuetes. Mientras observaba las sombras que el humo dibujaba entre sus dedos, sonó una gran estruendo. Sus compañeros habían volado el acceso con dinamita. El pasillo excavado en la roca se abría desnudo ante ellos: «Erbaut, 1938» («Construido en 1938»). Recorrieron el corredor en penumbras, acompañados de un sepulcral silencio roto sólo por el eco amortiguado de sus pisadas. Ante ellos se recortó la silueta de un suntuoso ascensor. Recubierto de bronce pulido, ricos espejos venecianos y sillones de cuero en tonos verdes, era el lugar donde habían puesto su culo individuos de la calaña de Albert Speer, Joseph Goebbels o el mismísimo Führer. Lo que ninguno sabía era que Hitler padecía de claustrofobia y temía un corte accidental del cable o un sabotaje. Por miedo, apenas subió a su exclusivo refugio en una docena de ocasiones. Tras Martín Bernal, una docena de excitados españoles se apretaron dentro, como improvisados invitados a una fiesta de cumpleaños. El calor era asfixiante. Arriba, el ascensor se abría hacia el comedor: un gran salón de techos abovedados presidido por una enorme chimenea de mármol de Carrara, regalo personal de Benito Mussolini. Una enorme y gruesa alfombra lo cubría casi por completo, en este caso un presente del emperador japonés Hiro-Hito. Las paredes de granito estaban cubiertas de estantes y vitrinas repletas de los más delicados vinos y licores del continente, además de jamones enlatados, quesos y exquisitos encurtidos. Cautamente, recorrieron el resto de las habitaciones que les parecieron sorprendentemente sencillas. El pequeño complejo estaba formado por una oficina, dos dormitorios con baño, dos cocinas, un puesto de guardia para la SS, un enorme sótano y una amplia terraza con deslumbrantes vistas a la montaña. El recinto era modesto y confortable. Ballester creyó incluso poder reconocer el delicado olor a bizcocho con nueces y pasas que tanto le gustaba al dictador. El «pastel del Führer» debía ser horneado cada día independientemente de su presencia. Hitler era un maníaco obsesionado con las galletas de chocolate, los bollos de crema y las golosinas que devoraba de madrugada, oculto a los ojos inquisidores de su médico; como un crío gordinflón que engulle dulces a escondidas de sus padres. Sobre el suelo del salón, yacían los cuerpos sin vida de un par de oficiales nazis que se habían suicidado con un tiro en al sien al presenciar la llegada de las tropas aliadas. «Es más cruel temer a la muerte que morir», pensó Ballester.

–Me cago en «tos» sus muertos –dijo Martín orinando sobre el floreado sillón favorito de Hitler –. Que le den a ese «joputa».

–Yo me quedo esto –exclamó «el zaragozano»–, agarrando como trofeo un ajedrez fabricado en ámbar del Báltico y grabado con la cruz esvástica.

Gualda partió la vitrina donde se apretujaban miles de botellas de los mejores caldos del mundo. Agarró un Burdeos Premier Cru embotellado en 1911, mientras meditaba la mejor forma de hacer llegar a su esposa una vajilla completa con la doble runa de la temidas Schutzstaffel o «escuadras de protección»; las SS.

–Joder, yo voy a emborracharme ahora mismo con el vino que han robado estos hijoputas. Nos lo merecemos. Luego bájame en brazos. ¡Hoy estoy dispuesto a cualquier cosa! –exclamó eufórico–.

Sanchís recogía un llamativo juego de té que decoraba la chimenea de la habitación y entre bromas y risotadas, Ángel apareció por la puerta del dormitorio con varios juegos sábanas blancas.

–He encontrado la cama donde ese cabronazo follaba con Eva Braun.

–Cuidado con las sábanas, todo lo malo se pega… Y no me refiero al bigote –rio Sanchís con carcajada contagiosa.

Ballester salió a la terraza a contemplar el paisaje. Una fina bruma recorría las cumbres de los Alpes Bávaros. La temperatura era alta, pero en días despejados como aquel de finales de abril, el espectáculo desde el Nido del Águila era único. La soledad se mezclaba con el graznido de las aves rapaces y el silbido pegajoso del viento. Le costaba creer que el mal pudiera disfrutar de unas vistas tan fascinantes. Desde fuera, observaba al resto de la compañía riendo y contando chascarrillos entre puros habanos y whisky escocés. Martín salió al exterior y le ofreció una copa de vino.

–Sé que eres abstemio, aunque hoy es diferente. Jamás volverás a tomar un vino tan caro y menos en la silla donde se sentaba el gordo asqueroso de Hermann Göring. Han sido años duros, querido amigo. Hemos sufrido juntos. Hemos visto morir a muchos hermanos. Nos ha tocado combatir en dos putas guerras y… bueno, al menos en esta hemos vencido. Es el consuelo que nos queda sobre el miserable de Franco. Ojalá ese cobarde se pudra en el infierno. En cuanto a nosotros, sabes que nunca olvidaremos este día, ¿verdad? Permanecerá en nuestra memoria hasta nuestra muerte. Ballester agarró la copa de cristal de Bohemia y liquidó el vaso de vino. El aroma se pegó al paladar y el líquido rubí brillante resbaló por la garganta, entonando el estómago.

–Voy a arramblar con lo que encuentre antes de que me dejéis sin nada o suban los franceses. Los americanos tampoco andan lejos.

Observó fugazmente el amplio salón y se acercó a un discreto aparador en madera de roble. Ballester lo examinó con curiosidad. Contó media docena de enormes cajones, todos cerrados con llave y grabados con la cruz esvástica. En el cajón inferior, la acompañaba un extraño símbolo compuesto por dos círculos y un sol del que partían doce rayos con ángulos retorciéndose y perfilando una extraña figura que Ballester no pudo identificar. Cogió su fusil y disparó sobre la cerradura. Dentro sólo encontró un puñado de papeles sin valor. Estaba frustrado.

–¡Los franceses suben! –gritó Martín desde la terraza.

Ballester extrajo el cajón y esparció su contenido por el suelo. Entre carpetas y fajos de documentos marcados con ese extraño emblema, apareció una pesada caja, de unos diez centímetros de ancho en color negro grafito. Llevaba grabada en tonos plateados el símbolo solar. La escondió en su chaqueta. No tenía ni idea de lo que podía significar, pero su intuición le decía que podría ser importante. Al menos podría sacar algunos dólares por ella o cambiarla por una Walther P38. «Será un bonito recuerdo de guerra», murmuró. De nuevo en el exterior, apuró una segunda copa de vino mientras observaba las cimas del macizo, cada pico y cada ondulación del terreno, dominando sobre el extenso valle que se dibujaba a sus pies. Había oído hablar de las leyendas de ese lugar que tanto habían fascinado a Hitler: las cavernas casi infinitas e inexploradas habitadas por extraños seres de enorme cabeza y piel gris; los misteriosos túneles que partían del lago Konigssee o los enanos que practicaban extraños ritos mágicos. Un prisionero alemán le contó que el emperador Federico Barbarroja permanecía dormido a los pies de las montañas y, durante su profundo sueño su barba no para de crecer alrededor de Untersberg, dando vueltas al macizo. Cuando la tercera vuelta acabe –le contó el alemán–, Barbaroja despertará y llegará el fin del mundo.

Bataller pensó que, con todo lo vivido desde que desembarcó en Normandía, quizás el fin del mundo no andaba demasiado lejos.

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El librero maldito

Un puñado de transeúntes de hombros encogidos atravesaban el caudaloso río Támesis por Tower Bridge. El Big Ben y las agujas de Westminster abbey asomaban en la lejanía. Para Otto dos jornadas en Londres ya le parecían una eternidad. Odiaba el frío tanto como la perfidia inglesa. Cruzaba Old Compton Street con la bufanda ceñida al cuello, intentando evitar sin éxito los enormes copos de nieve que caían sobre su sombrero tirolés. Una nueva ráfaga de viento gélido levantó su grueso abrigo negro que se alargaba hasta las pantorrillas y con el que vestía invariablemente hacía años. Apoyó su maletín de cuero sobre una áspera pared de ladrillo, deslizó su mano temblorosa hacia el interior del abrigo de lana en busca de su petaca con whisky y bebió con ansia un largo sorbo. Su boca dibujó una mueca de aprobación al sentir su sabor punzante en la garganta. Había llegado a Soho Square. Era una plaza espaciosa y habitualmente llena de coloridas flores silvestres, pero que en esta mañana glacial de diciembre aparecía totalmente oculta bajo un manto blanco. Resuelto, pasó junto a la Iglesia Protestante Francesa y atravesó la explanada siguiendo un sendero de pisadas como un rastreador que persigue a su presa. En una esquina se encontraba una casa georgiana construida en ladrillo rojo y de amplios ventanales. Junto a la puerta se podía leer: «Wilfrid Voynich. Libros raros y descatalogados». Había alcanzado su destino.

Abrió la puerta y se encontró en una acogedora habitación empapelada de libros, pulcramente clasificados en estanterías de caoba. En una esquina, trabajando sobre un pequeño escritorio, había un individuo de mediana edad, con anteojos, impecablemente vestido con chaqueta inglesa, rostro delgado, bigote torneado y barbilla afilada. La lluvia casi congelada golpeaba las ventanas y danzaba por los cristales mientras el fuego de la chimenea iluminaba y calentaba toda la estancia.

–¿Buenos días, qué desea?

Otto llevaba semanas preparando meticulosamente aquel encuentro. Sabía que no podría mentirle sobre su nacionalidad y más tras saber que Wilfrid a pesar de ser de origen polaco, había pasado cinco años en Hamburgo.

–Buenos días. Mi nombre es Otto y soy antropólogo –dijo en un tosco inglés con marcado acento alemán–. Estoy desarrollando mi tesis doctoral en la Universidad de Oxford en torno a la herejía cátaro-albigense y me preguntaba si tendría algún libro que trate el tema. También estoy interesado en leyendas medievales como el Santo Grial, el Arca de la Alianza o el Mito artúrico.

Voynich estaba desconcertado. Lo último que pensaba ver en su librería en esa dura mañana invernal era un alemán desgarbado con sombrero tirolés a la caza de libros esotéricos.

–Busca usted un conocimiento poco convencional. Lo que tengo tiene un coste elevado. Le puedo suministrar una copia manuscrita del tratado De fide catolica contra haereticos por Alain de Lille. Le aseguro que no lo encontrará en otra librería del planeta. En ella, su autor refuta a los cátaros, valdenses, judíos y musulmanes. Lo tengo aquí mismo. Sobre la Leyenda arturiana, tengo en venta la segunda edición de las Crónicas de Inglaterra, Escocia e Irlanda, publicada en 1587. Se trata de una descripción larga y exhaustiva de la historia de las islas británicas. Desgraciadamente, se encuentra en mi sede de Nueva York. Puedo enviársela sin coste alguno a la dirección que me indique. No le tardará mucho más de unas semanas.

Otto estaba informado de los movimientos de Wilfrid Voynich por todo el mundo, siempre a la caza de algún ejemplar raro que su ingenuo propietario estuviera dispuesto a vender a bajo precio. Habría sido mucho más fácil abordarlo en Italia, adonde realizaba numerosos viajes. Sabía que el manuscrito nunca viajaba allí con él, no podía arriesgarse.

–¿Es usted alemán, verdad? –preguntó Wilfrid.

–Sí, aunque llevo muchos años en Londres. Mis padres abandonaron Berlín antes de empezar la Gran Guerra.

–Yo pasé varios años en Hamburgo y me vi obligado a vender mi abrigo y mis anteojos. Con la mísera suma que me dieron, compré un pasaje de tercera clase en un barco de carga que transportaba fruta a Londres. En todo el viaje sólo pude adquirir un arenque ahumado y un pedazo de pan para acallar el hambre. Ahora resido en Nueva York. Llevo temporalmente en Londres dos semanas cuidando de mis asuntos mundanos. –Y buscando libros, supongo.

–También, replicó con sonrisa maliciosa.

–Le veo bien situado, señor –respondió Otto, recorriendo con la mirada los libros de enorme valor que lo rodeaban–. Nada que ver con su pasado.

–Sigo pensando… –Voynich cambió a un tono más áspero– que son temas sumamente extraños los que busca, incluso para una tesis doctoral de un antropólogo. ¿No será usted miembro del Partido Nacionalsocialista? El mundo se está volviendo un lugar oscuro y peligroso. Hace unos meses llegó a mis oídos la creación de un excéntrico colectivo denominado Sociedad Thule. Como antropólogo que dice ser, quizás pertenezca a ella. De corazón deseo que no sea así. Creen que lo que ellos llaman raza aria proviene ni más ni menos del continente perdido de Atlantis mencionado por Platón. Cuentos para niños..., niños y crédulos.

Otto contrajo el labio, nervioso. El librero parecía estar bien informado sobre lo que ocurría en su país. Los ojos de Voynich estaban pegados en él y podía percibir la desconfianza en su rostro. Se armó de valor y le habló con toda la franqueza que pudo.

–Desconozco la sociedad que menciona y sobre la que, hasta ahora, nunca había oído hablar. En mi caso, le aseguro, nada tiene que ver con la política. Mi interés especial por el catarismo es debido a mi profesor de religión en el Instituto de Giessen, donde me crié. Él fue la persona que me infundió la atracción por esa herejía. Frecuento diferentes círculos antinazis y…, por otro lado…, –tragó saliva y apretó los dientes– he de confesarle que…, y créame que no es fácil… He de confesarle que soy homosexual.

A pesar de su confesión, que lo eliminaba del ideal ario, Voynich lo contempló en silencio, con la mirada llena de sospechas. De ser cierta su confesiónOtto aprovechó para colgar su abrigo oscuro y el sombrero de ala ancha en el perchero situado a la entrada de la librería.

–¿Homosexual? No tiene usted pinta de gustarle los hombres, aunque creo que es usted el primero que conozco o al menos, que lo reconoce abiertamente. No ha venido hasta aquí a comprar libros para su tesis doctoral, ¿verdad? ¿Qué desea de mí, caballero?

Otto se acercó a la mesa. Estaba cansado e intuía que su elaborado plan para engañar al polaco iba a fracasar más bien pronto que tarde. Decidió aprovechar la suerte de encontrarlo solo en su librería. Era joven y fuerte y, llegado el caso, sabía que el polaco no sería rival para él. Clavó su mirada en Wilfrid.

–Vengo a hacerle una oferta para adquirir el manuscrito cifrado de Roger Bacon.

Wilfrid Voynich dio un respingo de la silla exhibiendo una media sonrisa, mezcla de temor e incredulidad. Solía viajar con el manuscrito a Londres y lo tenía a buen recaudo en un doble fondo en una estantería. Intuía que la oferta monetaria escondía algo más peligroso. Otto se acercó aún más. Deslizó la mano sobre la madera noble del escritorio. Su respiración torturada se confundía con el silencio. El reloj de pared marcaba las diez y cinco.

–Estoy dispuesto a pagar lo que me pida. ¿Cuánto quiere por él? Lo que pida…

–Lo siento, pero esa obra no está en venta.

–Todo tiene un precio y como le digo, estoy dispuesto a entregarle la suma que considere adecuada. ¿Prefiere dólares o libras? ¿Le parece correcto treinta mil dólares?

Era una suma enorme. Voynich sintió un escalofrío por todo su cuerpo. Estaba solo. Había mandado a su nuevo empleado a realizar unas gestiones al Lloyds Bank en Baker Street y desconocía cuánto tardaría en volver. No sabía si su oponente era un antropólogo desquiciado o un bibliófilo enfermizo. Ninguna de las dos opciones podía traer nada bueno.

–¿Cuarenta mil? Puedo pagarle ahora mismo –dijo colocando el maletín sobre la mesa.

–Le repito que el manuscrito no está en venta. Y mi voluntad tampoco.

La mueca fue espesa. Reflejaba cólera, odio y fustración. Ese día, el fracaso no entraba en sus planes.

–Todo tiene un precio. Seguro que ese manuscrito también. Le repito que pida la cifra que quiera. Por su bien… y el de su familia.

–¡Váyase ahora mismo! –gritó Voynich señalando hacia la puerta–. ¡No acepto amenazas de nadie, y menos de un alemán descarado!

–Le aseguro que, si quisiera quedarme, no tendría tiempo de llamar a nadie. No sabe lo que dice el libro, ¿verdad?

–He pasado años intentando averiguar su contenido y le aseguro que si yo no lo sé, no creo que nadie lo descubra ni ahora ni nunca. Pierde el tiempo si lo que quiere es descifrarlo y llevarse la gloria. ¡Desaparezca de mi vista, váyase!

Otto golpeó la mesa como un martillo y se acercó aún más a la mesa. Estaba furioso, casi desquiciado. Wilfrid se alejó instintivamente mientras buscaba algún objeto a su alrededor que le pudiera servir como improvisada arma defensiva. Recordó el abrecartas guardado en el cajón del escritorio.

–Lo tiene escondido y está cerca, lo presiento. No sabe lo que tiene en su poder y no lo sabrá nunca. Su alma ya está condenada y vagará eternamente entre las sombras. No encontrará luz ni consuelo y sólo hallará dolor y sufrimiento, pero yo puedo acompañar a su espíritu al sagrado Árbol del Conocimiento que decide su destino y puedo proporcionarle sabiduría. ¡Muéstreme ahora el manuscrito o tendré que buscarlo yo personalmente, y le aseguro que no le gustará lo que puedo hacerle!

Voynich tenía la espalda pegada a las estanterías y su oponente estaba a un suspiro. Estaba acorralado y aterrado, convencido de que no estaba fanfarroneando. Tenía una salud frágil y, por contra, su oponente era más joven y robusto. Sería una trifulca desigual.

Justo en ese momento, la campana de la puerta tintineó. Su ayudante entraba en la librería, temblando de frío y con su abrigo cubierto de nieve. Respiró con hálito de alivio. Había dudado en contratarle hacía unos días, pero su presencia ahora era como agua de mayo. Voynich permanecía pasmado sin saber cómo actuar. Otto observó furibundo al inesperado invitado. Contrariado, acercó más su rostro a Voynich.

–Conseguiré ese manuscrito; puede estar seguro. Le adelanto que no vivirá mucho. Tiene el mal en su cuerpo. Le llevaré flores a su tumba.

Otto rugió, se enfundó el abrigo y se colocó el sombrero. Salió dando un portazo bañado en ira.

Wilfrid Voynich pudo ver a través de la ventana cómo su figura se volvía borrosa y se alejaba de su librería ocultándose entre soplos de nieve en polvo. No volverían a coincidir en vida.

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Kunstkammer

De esta ciudad de Praga, a 7 de julio de 1599

A su Majestad Don Felipe III, por la Gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas de Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, Islas y Tierra firme del Mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, Milán, y de Lerma, Conde de Habsburgo, de Flandes, de Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina, &c.

Tras partir de Barcelona el 7 de junio del año de nuestro Señor Jesucristo de 1599, me he reincorporado sin incidentes a mi puesto de embajador ordinario de España ante la corte del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, retornando con júbilo a mi antigua casa en la calle Kanovnická, cerca de los palacios de los nobles católicos con los que mantengo una relación estrecha y que tan importantes resultan para preservar la verdadera fe cristiana en toda Bohemia.

Me gustaría comenzar la misiva informando de las consecuencias de la abdicación de Segismundo Báthory como príncipe de Transilvania y la llegada al poder de su primo, el cardenal Andrés Báthory, ferviente católico que parece contar con pocos apoyos dentro y fuera de su reino. Corren tiempos funestos desde la derrota del emperador Rodolfo II en la batalla de Mezökeresztes y la invasión otomana del principado. Según mi humilde opinión, no fue todo desastroso para nuestros intereses. Los infieles otomanos se dieron cuenta por primera vez de la superioridad del equipamiento militar cristiano. Sus armas son propias de otras épocas. Fruto de esto, Győr y Komarom han sido retomadas para la causa cristiana. Creo necesario seguir solicitando de su majestad el respaldo económico y militar a Rodolfo II, necesario para proteger la frontera oriental del grandioso imperio hispánico del peligro constante que supone el infiel otomano.

Por otro lado, tras mi llegada he encontrado al emperador en un frágil estado de salud. Su cuerpo está moribundo, pero también su alma. Sigue siendo un soltero impenitente. Durante horas, no hace otra cosa que otear desde su palacio las torres de su querida Praga con profunda melancolía. Su Majestad debería emplear ese tiempo en buscar la esposa adecuada para obtener la deseada y necesaria descendencia que asegure el futuro del Imperio. No participa en fiestas, no come en público y nunca habla en exceso. Yace con jovencitas, pero también con tiernos mancebos que le han contagiado la sífilis, por lo que suele padecer fiebres y úlceras en la piel. La tristeza y la depresión están fuertemente arraigadas en su cuerpo, que compagina con periodos de euforia exacerbada. Su propia madre la Emperatriz lo ha calificado como flemático; el peor de los temperamentos hipocráticos asociado al letargo, la gordura y a la pereza en el razonamiento.

En estos años, su excéntrica personalidad se ha agravado. Su gabinete de las maravillas, la Kunstkammer en el ala norte del castillo, no ha hecho otra cosa que crecer de manera pecaminosa. Tras visitarlo, he vislumbrado todo tipo de diabólicas maravillas traídas de todos los rincones del orbe conocido. He podido ver escandalizado un diablillo de cristal para prácticas nigromantes, todo tipo de mandrágoras, copas hechas con cuerno de rinoceronte, fetos malformados o varitas con extraños poderes mágicos. Colecciona gorros de extraños seres llamados gnomos, gusanos gigantes e instrumentos extraños que al ensamblarse reproducen el movimiento perpetuo. Colecciona todo tipo de cristales y minerales, como el citrino color miel para conseguir el don de la videncia o el lapislázuli para contactar con el inframundo. Incluso se dice que guarda celosamente los clavos de la mismísima Arca de Noé, salvados del diluvio universal.

Puedo afirmar ante Vuestra Majestad que el emperador cultiva lo horrendo y extravagante, pero también lo demoníaco y lo poderoso. Porque, muy a mi pesar, he de hacer referencia a las artes oscuras que practica junto a una corte de brujos, alquimistas, rufianes y charlatanes a lo largo y ancho de todo el recinto del castillo. No he podido asistir o ver los mecanismos satánicos que usa en sus ritos mágicos, pero en la corte es un secreto a voces. Incluso utiliza estos encantamientos en extrañas curas medicinales que ningún cristiano piadoso debería atender. Recientemente, me hizo llegar un tratamiento para los ataques de pequeña apoplejía, o lo que los antiguos llamaron «morbus herculeum», que se identifican por episodios de convulsiones mientras el afectado intenta expulsar la flema blanca por la boca. El mal aqueja a uno de mis más fieles y queridos criados. Expongo aquí la cura a la que me refiero, para la consideración de Su Majestad, como ejemplo y prueba fehaciente de lo que narro, con el temor de que mis palabras poco cristianas, puedan causar la cólera de nuestro Señor Jesucristo: «Tómese la cabeza desecada al sol de un prisionero que haya muerto en el suplicio o la horca con gran dolor. Tritúrese entera en un mortero con granos de pimienta negra y distribúyase en cápsulas de papel, de las que el paciente debe tomarse una con el estómago vacío durante tres mañanas seguidas. Nunca las ingerirá con luna nueva ni ante amenaza de mal tiempo». Otro ejemplo más propio de Satán es el rumor extendido por Praga que dice que el Rabino Loeb, a la sazón representante del pueblo judío ante el emperador, ha usado el poder del Zirufim en su beneficio. A través de misteriosas fórmulas numéricas y cabalísticas ha hallado fragmentos ocultos en la Torah y habría creado un Golem que se pasea por las calles de Praga. Esta monstruosa criatura no es otra cosa que un muñeco de barro al que le ha insuflado vida a través de sus rituales mágicos. Según se dice, al introducir en su boca el nombre de Dios escrito en un papel, esta cobra vida y ahora protege a los judíos. Los rumores apuntan a que, cada día, el rabino le encomienda alguna tarea, porque, de estar ocioso, puede cometer una carnicería entre el pueblo o llegar incluso a la destrucción de toda la ciudad.

Entre las extravagancias de Rodolfo II, la última ha sido sustituir a su guardia personal por un cuerpo armado de enanos y otro de gigantes traído de todos los rincones del Imperio. Rodolfo parece haber perdido toda su cordura.

Pido con humildad a Vuestra Majestad no desprecie estas verdades y quede enterado de todo lo que le narro en cuanto lo he visto y oído. Dios nuestro Señor mueva la voluntad de Vuestra Majestad y guarde su real y católica persona como la cristiandad ha menester.

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Sol Negro

Otto Johan Anton Skorzeny tenía un porte era bizarro, como un paladín caído de algún apolillado panfleto blanquinegro: casi dos metros de altura, ojos azules vivos e inquietos y melena ensortijada de pelo entrecano. Mostraba un aspecto pulcro y cuidado. Vestía camisa blanca y traje gris que, debido a sus inusitadas medidas, siempre encargaba a medida en una céntrica sastrería de la calle Alcalá. Sin embargo, lo más característico de sus rasgos era la ostentosa cicatriz que cruzaba por completo su mejilla izquierda, fruto de un combate a sable en su época universitaria, por lo que era conocido simplemente como «Caracortada»; aunque él prefería el apelativo en inglés: Scarface.

Bastó su mirada fulminante para que se hiciera un absoluto silencio. Una cincuentena de asistentes lo miraban expectantes. Llevaba tiempo con la cara roja, como en carne viva. Su piel de blancura anémica no casaba con el tórrido sol de los veranos españoles. Skorzeny carraspeó y empezó su discurso con tono vigoroso.

–¡Camaradas de combate!, ¡amigos todos! Quiero empezar agradeciendo el que estéis aquí reunidos. ¡No ha sido fácil para algunos!, soy consciente, pero la ocasión merecía y requería este enorme esfuerzo. Gracias sobre todo a Jean Bauverd, quien ha conseguido organizar esta increíble reunión. A Per Engdahl que tras varios días de viaje está aquí desde Suecia. A Maurice Bardéche, Karl-Heinz Priester… mi viejo compañero de armas. También a Paul van Tienen, fray Branko Marić, León Degrelle o Vasilei Iassinki… la lista es muy larga. Gracias a todos. A todos y cada uno de vosotros.

Otto Skorzeny esbozó una media sonrisa y paseó su mirada inquisitiva por todo el comedor. Su voz transmitía una onda de alegría y emoción. La sala que habían alquilado era sobria, escasamente iluminada, con una enorme fotografía en blanco y negro del caudillo Francisco Franco como único elemento decorativo.

–Jean ha preferido organizar este almuerzo lejos del habitual restaurante en la calle Alcalá. Sé que ni el lugar, ni la comida y mucho menos este matarratas –levantó su copa– están a la altura de la ocasión, pero al menos aquí los cojines no tienen «oídos».

El comedor se llenó de miradas inquisitivas y de un ardiente barullo. Thomas observaba con pose distendida desde un discreto rincón, intentando secuestrar el recuerdo de los allí presentes. Apenas tenía veinte años y era, con diferencia, el más joven de todos. «Scarface» golpeó con dureza la mesa y continuó con tono vehemente.

–¡Estamos aquí para escribir una página gloriosa de nuestra historia! Como tantas otras veces en el curso de nuestra evolución, Alemania ofrece desde el día de la revolución un cuadro desolador. La fracasada esperanza de una unidad espiritual basada en un nuevo orden mundial que nuestro Führer iluminó durante años ha seguido a la pérdida de su posición política en todo el planeta. Mientras, los despreciables bolcheviques se preparan para una gran y definitiva guerra. ¡Ni la odiosa nueva Alemania ni el resto de países están a la altura del desafío! ¡Surgen en torno a nosotros los signos amenazantes que anuncian la consumación de esta decadencia! En un esfuerzo supremo de voluntad y de violencia, trata el comunismo de envenenar y disolver definitivamente el espíritu del pueblo, desarraigado y perturbado ya en lo más íntimo de su ser. ¡La herencia que recogemos es terrible!… ¡Debemos prepararnos para asegurar nuestra libertad y la existencia! ¡Quiera Dios conceder su gracia a nuestra obra, orientar rectamente nuestra voluntad, bendecir nuestras intenciones y colmarnos con la confianza de nuestro pueblo! ¡No combatimos en nuestro interés propio, sino por Alemania!… ¡¡Por nuestra raza!!

Todos se pusieron en pie como empujados por un resorte y ovacionaron entusiastamente en un aplauso que parecía no tener fin.

–¡Sieg! –gritó Otto.

–¡Heil! ¡Heil! ¡Heil! –gritaban al unísono como en un orgasmo colectivo.

–¡Ahora demos cuenta de este almuerzo y acabemos con este infame vino! –exclamó Otto Skorzeny sorbiéndolo de un sólo trago–.

Era pulcro y elegante, pero no desdeñaba comida, bebida, tabaco o mujeres que se pusieran «a tiro».

–El «Señor Capitán» te ha nombrado su ayudante. ¿Cómo lo has conseguido? Me llamo Hans Hermman Mans y trabajo para Der Spigel en Alemania –parloteó mostrando su dentadura picada e irregular.

El imberbe Thomas examinó a Hans: rubio, barba ligera, mediana edad y ojos verdes saltones. Su mano era blanca y cuidada, con uñas afiladas. Su meñique izquierdo mostraba un anillo de plata adornado con una calavera. A pesar de su juventud, Thomas conocía de sobra su significado.

–Es sencillo. Conocí a Rolf Steinbauer, como se hace llamar ahora, en una reunión de antiguos miembros de la Schutzstaffel. Fue él quien me ofreció el puesto de secretario y ayudante. Se camufla como representante de empresas industriales alemanas y comerciante de armas.

–El «mastín de Hitler» va en serio, ¿verdad? El mundo está cambiando rápidamente. No sé si la Internacional Fascista o el ejército de Carlos V son ideas que vayan a cuajar. ¿Tú qué opinas, chaval?

–El señor Skorzeny va muy en serio. Las conversaciones con el régimen de Franco van por buen camino.

–¿Y conseguir doscientos mil? Me parece que pretende un número muy alto de soldados. ¿Dónde va a buscarlos?

–Sólo aquí en Madrid hay decenas de miles dispuestos a alistarse. Muchos llegaron a través de la «Ruta de las Ratas», Suiza o con la ayuda del Vaticano. Otros están en Sudamérica, pero volverán en cuanto él lo pida. –No es una locura, pero será peliagudo. Yo mismo se lo he transmitido. Como antes dijo, Italia y Francia tienen fuertes partidos comunistas. España es diferente. Es una retaguardia segura libre de esa apestosa calaña. Además, Caracortada tiene la experiencia de los Werwolf, la guerrilla organizada por él mismo y Heinrich Himmler en septiembre de 1944 con vistas a continuar la guerra en condiciones de ocupación. Mi miedo es que, tal y como sucedió entonces, la idea no cuaje.

–Mi jefe tiene varios ases en la manga, se lo aseguro. Además, podemos reclutar a todo tipo de especialistas en Alemania que aún creen en el Reich.

–Veo que ya conoce a mi eficiente ayudante –murmulló Skorzeny colocándose entre ellos–. Me alegra verte aquí, Hans. Tenía mucho interés en que acudieras a esta increíble reunión. Ahora debes transmitir nuestra voz y nuestro proyecto al pueblo alemán.

–Sabes que hago lo que puedo, Otto; aunque nuestras ideas ahora no son bienvenidas en Alemania, mi corazón está contigo. El joven Thomas me estaba contando algunos detalles para crear aquí la Legión de Carlos V. –Es un plan muy ambicioso del que hemos dado importantes pasos. Contamos con el apoyo del General Moscardó y otros miembros importantes del régimen de Franco. Esta mañana lo has conocido en la gloriosa ceremonia del Alcázar. Es el héroe nacional.

–¿Crees que España va a permitirlo ahora que hay contactos con los americanos?

–Querido Hans… este régimen es como la heroica historia que nos han contado de resistencia en el Alcázar. Hay algunas verdades, bastantes mentiras y demasiadas exageraciones. Nosotros dominamos ese juego. Ten confianza. Te he invitado por otra razón. Toledo es una ciudad simbólica y despierta gran admiración en nuestro pueblo. Nuestro amado Himmler estuvo aquí en 1940. Muchos creen que vino a celebrar en el Alcázar de Toledo la gran victoria sobre el comunismo. La realidad era muy distinta. Las legiones de Tito desvalijaron Jerusalén en el año 70 y llevaron todo tipo de tesoros a Roma. Cuatro siglos después, los Visigodos, nuestros antepasados arios de Europa del Norte, saquearon Roma en su largo periplo hasta este lugar. Todo lo que encontraron lo trajeron aquí. Toledo era su ciudad fetiche y la capital de su reino. Todos esos tesoros: el Santo Grial, la Mesa de Salomón, la Menorah…, están ocultos y enterrados en alguna tumba que aún no ha visto la luz.

Hans miró a Skorzeny desconcertado.

Otto fijó la mirada en Thomas y dibujó un medio arco con el dedo índice. Cedió el asiento y se excusó con la necesidad de ir al baño. Skorzeny ocupó su lugar.

–Verás Hans. Necesito todo tipo de especialistas. Gente comprometida: pilotos, mecánicos… En España hay pocos y sus conocimientos son lamentables, aunque podríamos formarlos, pero lo que no encuentro y no puedo formar son especialistas… digamos «menos terrenales».

–Sigo sin saber a qué te refieres.

–Muy fácil, Hans. Necesito personas con profundos conocimientos en los misterios que esconde este mundo. Quiero resucitar la Sociedad Thule. Quiero crear la nueva Ahnenerbe.

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Prudence

La carretera era de puertos empinados y curvas estrechas. Estaba circundada de un paisaje boscoso de pinos, encinas y olmos centenarios, que la convertían en protagonista del entorno. Ubicado en la sierra norte de Madrid, entre aguas del río Jarama y justo donde se acababa el camino, aparecía un pequeño pueblo de pintorescas viviendas levantadas en piedra, pizarra y madera de cedro.

Eran poco más de las diez de la mañana, pero el sol aún estaba oculto entre las montañas y las nubes colgaban bajas, amenazando nieve y granizo. Julián y Lisa se adentraron por las calles empedradas del pueblo, vacías y silenciosas, abrazadas por fachadas de color pardo y gris, cuyos signos de vida emergían en forma de humo a través de los sombreros de las chimeneas.

–Qué frío hace, Julián. Menos mal que hemos venido preparados con un buen abrigo.

–Espero que hayamos acertado viniendo aquí. Todo indica que va a nevar y el camino hasta aquí es infernal. A ver si podemos salir antes de que nos quedemos bloqueados.

El viaje había sido organizado precipitadamente tras regresar de Madrid al anochecer. Apenas tuvieron el tiempo justo para cenar y poder descansar unas horas. La Hiruela estaba a una hora y media de Madrid, por lo que podrían regresar esa misma tarde. Inquietos por la posibilidad de quedar aislados en un pequeño pueblo de montaña, llegaron a la plaza de San Miguel, rodeada por la Iglesia Parroquial y el edificio del Ayuntamiento. –Esta parece ser la plaza principal, Julián. Ven, entremos en ese bar y tomemos algo caliente. Amenaza nevada.

El local era un pequeño restaurante con vigas de roble y piedra vista. Los fogonazos de un fuego belicoso trepaban por la chimenea, expulsando aliento a lluvia y hollín. El camarero de camisa de pana y barba trasquilada, hablaba animoso con un único cliente que tomaba una copa de Brandy añoso. Ambos se volvieron sorprendidos al oír el quejido de la puerta.

–¡Vaya, qué sorpresa! Buenos días, chicos. No esperábamos ningún turista en lunes y menos con este tiempo endiablado. Si habéis venido a hacer senderismo habéis elegido un mal día. Amenaza tormenta y de las buenas.

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Lucifer

La hilera de lápidas conmemorativas, ocultas bajo un manto de hojarasca, estaban delimitadas por las Murallas Aurelianas y la pirámide de Cayo Cestio, un pretor del siglo I a. C. A primera hora de la mañana, el Cementerio no-católico de Roma, o también llamado de los Artistas y Poetas, amanecía sin turistas, pero repleto de cipreses enlutados y nubes cargadas de oscuros presagios. El ambiente respiraba ribetes de hado exquisitamente clásico. Claudio murmuraba con ojos cerrados: «Esta tumba contiene todo lo que era mortal de un joven poeta inglés, quien, en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que estas palabras se grabaran en su lápida: Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en agua.»

–John Keats murió un 23 de febrero de 1821, en una minúscula habitación al lado de la Piazza di Spagna. Tenía tan sólo veintiséis años y padecía tuberculosis…

Claudio respondió al recién llegado sin desviar la mirada, que permanecía fija sobre la lápida:

–Y un año después, Shelley murió ahogado, conduciendo su yate de lujo al regresar de una visita a Lord Byron en Liorna. El cadáver de Shelley fue arrojado por las olas a la playa, diez días después, con la cara destrozada por los peces. Fue reconocido por traer en el bolsillo un ejemplar de su amigo Keats, a quien le había dedicado la obra Adonáis.

–Claudio…

–Su Eminencia…

–Acompáñame; daremos un paseo.

Claudio escoltó a la oronda figura por el sendero de hojas arrugadas. Era un lugar tranquilo, alejado de miradas indiscretas. El cardenal estaba solo, aunque sabía que su secretario estaría observando la escena a una prudente distancia. A pesar de su prominente barriga, tenía un aspecto pulcro y cuidado. Vestía completamente de negro con un cuello romano blanco. Debido a su avanzada edad, tenía un andar pausado, tanto como su habla.

–¿Qué noticias traes a este viejo pecador, mi fiel Claudio?

–Traigo una promesa, Eminencia. La reliquia está controlada, aunque aún no en nuestro poder.

–¿Y qué promesa traes?

–Treinta días; esa es mi promesa, pero necesito su permiso. Quizás haya que traspasar una línea algo… «delicada».

Los bloques de mármol moteados por el paso del tiempo se intercalaban entre pinos, setos y cipreses. El cementerio era un lugar repleto de rincones de silencio. Hoy, era un lugar de decisiones difíciles.

–Vivimos en un mundo repleto de peligros y amenazas que nos llegan desde dentro y fuera de la cristiandad. Es nuestro deber moral localizarlos y extirparlos. Hace siglos de la prohibición de la Iglesia de enterrar a los no católicos dentro de los Muros Aurelianos de Roma, lo que se consideraba tierra consagrada. En su día encontramos esta decente explanada al otro lado de la muralla. Hoy nos encontramos en un lugar donde se entierran aquellos que no creen en el Dios único y verdadero. Estar a este lado de las murallas es una decisión comprometida. La ausencia de fe requiere osadía y determinación. Son peligrosos y nunca desfallecerán. Nuestros adversarios crean continuamente nuevas creencias y encumbran a nuevos dioses. Bien podría haber sido este el lugar de nuestro descanso eterno, donde reposarían nuestros huesos por nuestra falta de fe en ritos heréticos.

Suspiró… La mañana oscurecía, el viento arreciaba y eucaliptos y lápidas parecían encharcadas en humedad y moho.

–Yo visto habitualmente de rojo, en señal de mi disposición a morir por Dios. ¿Y tú, Claudio? ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar? ¿A dónde alcanza tu entereza?

Claudio era parco en palabras, pero manejaba fe de soldado y alta fibra católica. No necesitaba oír nada más.

–Su Eminencia… –susurró besando su sello con la cruz patada.

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Cánticos sombríos

El carruaje, tirado por dos caballos tordos ascendió la ladera bordeada de viñas hasta detenerse por completo frente a la puerta de entrada de la imponente Villa Mondragone. Dos jesuitas vestidos de hábito y birrete negro se acercaron mostrando una mueca de condescendencia.

–¡Mi apreciado caballero Wilfrid Voynich! Soy el padre Giuseppe Marsi, bibliotecario de este colegio. Él es mi ayudante, el novicio Giorgio Mondolfo. ¿Viene usted solo? En el telegrama nos comunicaba que vendría acompañado.

–Me temo que mi querida esposa Lily no gestiona muy bien el verano romano. Ha decidido permanecer al refugio del duro clima en nuestra habitación de hotel en Roma. Voynich era esbelto, elegante, de rostro delgado. Su piel blanca, fruto de su ascendencia polaca, resaltaba sobre el marcado tono bronceado de los jesuitas. El padre Giuseppe hizo una clara seña de invitación mientras su ayudante bajaba un par de maletas del carruaje que, por su peso liviano, dedujo debían estar vacías.

–Un edificio de tan considerables proporciones no se entiende –comenzó Giusseppe– sin narrar que ha sido residencia de varios papas: Pablo V, cuya familia, los Borghese, ampliaron este enorme complejo. También otros como Clemente VIII o Urbano III. A este último le parecía un lugar sobredimensionado, así que optó por establecer su residencia veraniega en Castel Gandolfo, de dimensiones más contenidas. Eso fue el principio del ocaso de esta histórica villa, pero el más notable fue el primero de todos ellos, el papa Gregorio XII, que además dio nombre al lugar, por causa del dragón que se mostraba en la cresta heráldica de su escudo papal. De los hechos memorables que aquí ocurrieron durante su mandato destaca la bula Inter Gravissimas del año 1582, con la cual se eliminaba el viejo calendario juliano, instituyendo el gregoriano, que además toma su nombre.

–De esta manera –interrumpió Giorgio, intentando agradar a su superior–, al cuatro de octubre de 1582, juliano, le sucedió el viernes quince de octubre de 1582, gregoriano. Diez días que desaparecieron para siempre de los libros de historia.

–Mis apreciados frailes –cortó Voynich con tono frío–. Muchos aún creen que Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día, el 23 de abril de 1616, pero no tienen en cuenta que la corona inglesa aún se regía por el calendario juliano y, por lo que respecta al autor de Hamlet, falleció el 23 de abril juliano, es decir, el 3 de mayo según el calendario gregoriano; diez días después de Cervantes. La ignorancia es atrevida. Y, aunque el calendario y este lugar son fascinantes, desearía volver cuanto antes a Roma a reunirme con mi esposa Lily…

–Claro –siguió Giuseppe–, pero entiendo que querrá usted ver el precioso complejo formado por la Fuente de la Girándula y el Teatro de las Aguas con sus famosos juegos de corrientes y fuentecillas. Junto con el Jardín Secreto forman un conjunto digno de nuestro creador.

–No quiero ser descortés, padre. Si estoy aquí es por su correo, en el que mostraba el interés en desprenderse de alguno de los volúmenes de su biblioteca.

–Sí, así es. Disculpe. Está al final de la escalinata.

Subieron sin prisa por unas amplias escaleras de mármol blanco con pasamanos de caoba. Las paredes, también de mármol rosáceo y gris, presentaban unas enormes grietas. Los muros mostraban los perfiles de cuadros ausentes y muchos pedestales aparecían huérfanos de bustos.

–Este lugar ha sufrido la ocupación de las tropas napoleónicas y la acción de terremotos como el ocurrido hace dos años, cuyos efectos son bien visibles. Los jesuitas lo usamos como internado para los hijos de las personas más pudientes de Roma, pero ahora necesitamos fondos para su restauración, así como para continuar nuestra labor en Orvieto, donde ofrecemos socorro a niños huérfanos. Hemos vendido algunos cuadros y estatuas, pero ha sido insuficiente.

La escalera acababa en un par de puertas hercúleas de madera tallada repletas de rastros de carcoma. El padre Giusseppe las abrió con una enorme llave de hierro que llevaba atada al cinto. Wilfrid contempló, en penumbra, una enorme biblioteca forrada de paneles de roble y arcos a dos columnas, repleta de libros y manuscritos de todo tipo y condición. Para él, eran las puertas al paraíso en la tierra.

–Aquí almacenamos una importante colección de escritos antiguos del Colegio Romano, que fueron traídos hasta aquí por miedo al saqueo de los soldados de Victor Manuel. Yo he de marcharme a cumplir con mis obligaciones comunitarias. Mi fiel ayudante permanecerá en la puerta para lo que usted necesite. Elija los volúmenes que sean de su agrado y, cuando acabe, negociaremos el montante y el pago. En breve encargaré que le traigan una jarra con agua fresca. Voynich era un ávido cazador de libros y reconoció la oportunidad de negocio en cuanto recibió la carta del padre Giuseppe abriéndole las puertas de la biblioteca de Villa Mondragone de par en par. Había respondido mostrando un fingido desinterés; los visitaría aprovechando un próximo viaje turístico. La realidad era bien distinta. Compró un pasaje en el primer trasanlántico que encontró desde Nueva York con destino a Europa. Cubiertas de polvo e insectos, las estanterías estaban repletas de libros y manuscritos de un enorme valor. Se colocó los guantes de gamuza y extrajo un bello códice escrito en griego, encuadernado en plata con incrustraciones de marfil, con escenas iluminadas del Nuevo Testamento. Sólo ese valía una auténtica fortuna y cubría de sobra los gastos del viaje. Pasaba las páginas apenas rozándolas con las yemas de los dedos. La adrenalina volaba por sus venas. Hileras de sudor bajaban desde su frente, con los nervios a flor de piel. Debía ser extremadamente selecto. Sólo podría transportar los que pudiera meter en las maletas que llevaría de regreso a Nueva York. Empezó a amontonar todos los que suscitaban su interés. Se decantó por los manuscritos dejando sin opción a todos los salidos de la imprenta de tipos móviles. Sabía que el valor de los primeros podía multiplicarse por diez o más en el mercado. Eligió un libro de horas con páginas de finísima vitela y encuadernado en cuero repujado en oro que parecía haber pertenecido a Ana Bolena; los tres volúmenes del Grial de Rouchefold (el primer manuscrito medieval francés con la crónica del Rey Arturo y la búsqueda del Santo Grial) y una Biblia con hermosas ilustraciones en estilo gótico junto a textos escritos en tres alfabetos y cinco idiomas distintos: latín, persa, árabe, judeo-persa y hebreo. La soledad era cargante y, tras varias horas, había acumulado varios montones; en total más de veinte obras; las más llamativas, las maś sutilmente encuadernadas y sobre todo, las más valiosas. Apenas había explorado varias docenas de estantes y el dolor por lo que tendría que dejar atrás le atravesaban el corazón con un veneno agrio circulando por sus venas. Habría mandado a una compañía de caballería polaca a ayudarle a cargar toda la biblioteca, pero era un sueño imposible. En la vida a veces hay que elegir, y esa era una de las decisiones más difíciles a las que se había enfrentado. Contó veintiocho. Decidió fijar el límite en treinta; sólo dos más. En un lateral había varios arcones repletos de pequeños libros en pergamino. Los ojeó con mirada desdeñosa, casi por obligación. Encontró un manuscrito de poco más de quince centímetros de ancho por veintiuno de alto, pobremente encuadernado y escrito en un lenguaje que jamás había visto. Al abrirlo, encontró una carta olvidada de alguien llamado Johannes Marcus Marci de Praga, datada el 19 de agosto de 1666. Con su pobre latín y ayudado por una lupa, leyó su contenido. La carta vibró en sus manos. ¡Estaba dirigida al grandísimo Athanasius Kirchner! !Y aseguraba que el emperador Rodolfo II opinaba que el autor de la obra era Roger Bacon! ¡Una obra inédita y encriptada de uno de los científicos más grandes de la historia! La sangre le quemó las venas como un soplo de mercurio incandescente. Podía tratarse del libro más importante que había pasado por sus manos y, quizás, de la historia de la humanidad.

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Génesis

Eusebio de Pernestán atravesó la puerta de pilastras retorcidas y penetró angustiado en el gran salón de Ladislao. No pudo evitar la sensación de admiración al contemplar la gran sala abovedada de estilo gótico que había sido construida hacía un siglo por Vladislao II, rey de Bohemia y Hungría, y donde se celebraban justas de caballos, banquetes y todo tipo de actos oficiales. En las paredes colgaban fabulosas telas como El banquete nupcial de Bruhegel el Viejo y La Vía Láctea de Tintoretto. Para ser de gusto del emperador, una obra de arte debía trascender el placer inmediato. Rodolfo adoraba encontrar correspondencias ocultas en el arte y la literatura, y sobre todo, en la alquimia. El cuadro de Tintoretto las tenía todas. Eusebio bajó la mirada desde las alturas hacia el emperador, que paseaba nervioso, rodeado por varios miembros de su regimiento de enanos. Vestía un jubón negro que le cubría desde los hombros a la cintura, cuello engolillado y calzas acuchilladas con aperturas en las piernas. Un largo gorro cónico completaba el atuendo pretendiendo emular el estilo austero de su tío, Felipe II. Adoraba su indumentaria y hacía traer las telas, los zapatos flamencos, los botones de oro e incluso, trajes completos desde Madrid.

–Majestad –pronunció Eusebio solicitando la venia.

Rodolfo II continuó con su prominente mentón en alto, con sus ojos puestos sobre el techo de nervios entrecruzados, que le proporcionaban sensación de elasticidad y vida, la misma que a él se le escurría lentamente entre los dedos.

–Mi Señor, Su Excelencia Alexandr Nogrády, gobernador de Krumlow, desea audiencia con vos.

Eusebio de Pernestán había sido un fiel servidor del emperador, pero incluso él dudaba hacía tiempo de su cordura. Rodolfo II estaba aquejado de una profunda tendencia a la melancolía que alternaba con cortos períodos de exaltación y lucidez. Ya apenas se ocupaba de los asuntos de la corte y su familia había empezado a tomar las riendas del Imperio, al que continuamente acechaban enormes peligros.

–¿Qué desea el gobernador de Krumlow? –dijo sin desviar su mirada.

–Quiere exponer el resultado del comité investigador.

–Mi hijo –respondió entre susurros–. ¿Qué ha hecho ese fétido excremento de asno?

Eusebio dio un paso atrás e hizo una discreta señal al gobernador, que aguardaba en un apartado rincón. Se acercó y realizó una ampulosa reverencia, rindiendo pleitesía.

–Majestad, vengo a informarle de las conclusiones a las que hemos llegado tras una difícil e indeseable labor indagadora, tal y como su Excelencia solicitó... En primer lugar, los comisarios designados por su Majestad Imperial han tomado la medida de recluir urgentemente a Don Giulio en una habitación para mantenerle aislado, con un simple lavabo y rejas en las ventanas, aunque no parece que nada haya cambiado en su mente si no es para empeorar aún más su estado de demencia. Vaga desnudo por la habitación, saca las piernas por la ventana y se hurga en la nariz con tal fuerza que termina empapado en sangre. Y, cuando lo consigue, salta entusiasmado por la habitación. Tira objetos por la ventana e increpa a los viandantes. Guarda los alimentos hasta que están putrefactos, que es cuando los ingiere, y su colchón está siempre lleno de mugre y excrementos a pesar de que los guardias se lo cambian diariamente.

–Dios Todopoderoso me perdone. He engendrado un demonio.

Alexandr había tratado con Giulio, Julio César, desde su nacimiento. Era el primogénito de los seis hijos bastardos de Rodolfo II y, en su opinión, era el más feo y horrendo de todos. A pesar de su ilegitimidad, su padre le proporcionó una completa educación y buscó activamente un buen puesto para él en la corte. Todo en vano. Eusebio achacaba los males físicos y mentales de los hijos a su padre. Rodolfo II había vivido siempre acomplejado por su fealdad. Su mandíbula era enorme, con un labio inferior prominente y colgante, típico de los Habsburgo. Tenía una abultada barriga con piernas cortas y curvas. Para rematar, había perdido los dientes desde muy joven y siempre se alimentaba con papillas. De sobra era también conocido su gusto por chicos y chicas de corta edad. Fruto de estas relaciones eran sus hijos ilegítimos y una sífilis incurable que le afectaba al cerebro. Para colmo, sufría intensos dolores debido a sus continuos cálculos renales y a fuertes ataques de gota.

–Que Dios se apiade de su alma. No ha podido hacer aquello de lo que se le acusa. ¡No es posible! El emperador miró con dureza al gobernador, exigiendo una explicación. A pesar de todo lo que había hecho, no dejaba de ser su hijo.

–Los comisarios han completado su exhaustiva investigación, mi Señor. Con su permiso, leeré sus conclusiones –abrió el legajo y comenzó a leer pausadamente:

«A principios del año de Nuestro Señor Jesucristo de 1607, don Giulio, margrave de Austria y señor del castillo de Český Krumlov, se empezó a comportar de forma poco cuerda. El cuatro de marzo del mismo año, estuvo disparando con un mosquete a todos los que se acercaban a él, fruto de lo cual hirió de gravedad a un fiel sirviente. Ese mismo año, el día cinco de abril, invitó a Markéta Pichlerová, una hermosa joven de dieciséis años e hija de un barbero local, a vivir con él. Los padres de ella estuvieron de acuerdo. Es bien probado que muy pronto, don Giulio se comportó violentamente con Markéta, tal y como atestiguan los escasos sirvientes que seguían por entonces a su servicio, atacándola a golpes y cuchilladas. Creyendo haberla matado, la arrojó por una ventana, pero la joven sobrevivió al caer sobre un montón de estiércol y se recuperó milagrosamente con la ayuda de Dios. Tras su recuperación, volvió a reclamarla al castillo de Český Krumlov. La joven se negó y don Giulio amenazó con matar a su familia. Markéta Pichlerová volvió a su lado el tres de febrero de 1608. Dos semanas después, el lunes posterior al domingo de carnaval, bebió en abundancia. Por la noche tuvo una pelea con un guardia que lo alumbraba, clavándole dos veces una navaja en la palma de la mano. El servicio huyó despavorido. Esta es la razón por la que nadie oyó más tarde los gritos de dolor de la desdichada amante».

Alexandr hizo un receso y tragó saliva. Lo que aparecía a continuación era tan grave que temía por los escasos resquicios de cordura del emperador.

–Mi Señor, quizás desee leerlo usted mismo –hizo ademán de depositar los legajos sobre la mesa cubierta con telas ricamente bordadas, donde el emperador acumulaba un sinfín de libros y pergaminos. Rodolfo tenía los ojos desorbitados.

–¡Continúa, la historia me ha atrapado! ¡Es muy divertida! –gritó feliz, brincando en el diván de madera de palo santo y fino terciopelo rojo, mientras un hilo de sangre y baba recorría su prominente mentón. Se estaba mordiendo la lengua de júbilo.

–Como su Majestad desee. Lo que ahora expondré es lo que me confesó directamente tras someterle a un duro escrutinio, pero he de añadir que concuerda con todo lo que encontramos ese fatídico día. Me permito usar las palabras de su propio hijo, siempre con la venia de su Majestad.

«Esa misma noche, mandé a la ramera bastarda que se vistiera con una bata y luego se fuese a la cama. Al verla en mi alcoba, vestida de vivos colores, me pareció un acto impío y lujurioso. Entonces Dios mismo me habló a través del Arcángel Sariel. Me entregó un sable y me compelió a matarla. La cerda crapulosa debía pagar por sus pecados. Siguiendo con sus designios, le corté las orejas y le arranqué un ojo. Su boca era lasciva, por lo que le hice saltar a golpes los dientes con la mandíbula, y le fraccioné el cráneo hasta que el cerebro se derramó sobre el lecho pecaminoso. Sólo estuve en paz con Dios tras tirar su cráneo al suelo. Lo aplasté dando saltos sobre él hasta la saciedad. La promiscua había expiado por fin todos sus pecados».

–Su Majestad, he de añadir que durante tres horas desfiguró el cuerpo de su víctima. Separó los huesos de la carne, que lanzó hacia las paredes de su dormitorio. Después, permitió que los pocos guardias que aún continuaban a su servicio envolvieran los despojos humanos en una sábana y la sacaran de la habitación. Al día siguiente, cambió de comportamiento. Se fue a donde estaba el cadáver desmembrado y metía sus dedos por sus vísceras, llorando y arrepintiéndose de lo ocurrido. Hemos tenido que meter sus restos en el ataúd, como piezas de un macabro puzle.

Una mueca enigmática asomó en el rostro de Rodolfo II. Su mente recuperó la lucidez. La historia era la de su propio hijo; ya no resultaba entretenida. Varias lágrimas comenzaron a recorrer su rostro. Se levantó súbitamente y arrancó con furia el legajo de las sorprendidas manos del Gobernador de Krumlow. Despidió a su guardia de enanos y, en silencio, se dirigió en dirección a su Cámara de las maravillas mientras hacía trizas el informe arrojándolo al suelo.

Cerca del salón imperial, la Kunstkammer era un gabinete de curiosidades y maravillas sin parangón. Estaba formado por cuatro grandes cámaras abovedadas repletas de obras de arte, estanterías, vitrinas y armarios. Los criados descorrieron a toda prisa las cortinas. La luna llena iluminaba fantasmagóricamente la estancia a través de amplios ventanales, iluminando la fabulosa Dama del armiño, de Leonardo. Rodolfo II despidió con un brusco ademán a sus criados. No quería que encendieran las lámparas de aceite; deseaba una atmósfera acorde a su corazón, en tinieblas. En ese ambiente oscuro y traicionero, el emperador se deleitó en una nave de Cocus de Maledivia recubierta en plata, una primitiva cabeza de Polifemo, una poza de topacio en forma de león, extraordinarios relojes, esferas armilares, enigmáticos autómatas y todo tipo de objetos singulares, únicos y misteriosos que se encontraban depositados sobre una mesa descomunal en mármol de Carrara. Abrió una pequeña bombonera plateada que se encontraba junto al unicornu verum –el cuerno de unicornio–, y tomó los tres gramos diarios de la piedra bezoar recomendados por su médico y alquimista personal, que según lo prescrito debía mejorar su humor. Los depositó en la copa de ágata negra y mezclándola con vino, lo bebió de un sorbo. A la muerte de su padre Maximiliano I, había heredado sus tierras y los objetos de valor salvo el unicornu verum y la copa de ágata, el deseado Santo Grial. Los dos objetos habían sido enviados al Escorial, a manos de su tío, el rey Felipe II. Tras su muerte en 1598, había movido cielo y tierra hasta convertirse en dos preciadas piezas de su Cámara de maravillas. Simultáneamente, se apagaron los hornos y se cerraron las oficinas destilatorias. Una legión de alquimistas abandonaron Madrid en dirección a Praga, convirtiendo su castillo en en una nueva «Torre de la Botica» escurialense.

En las vitrinas, libros y manuscritos cubrían todas las ramas del saber: astronomía, magia negra, botánica, alquimia, ciencias naturales… Allí tenía cabida toda la ciencia, fuese ilusoria o real, pasada, presente e incluso futura. Su biblioteca era el reflejo de todo el universo conocido e imaginado por la humanidad. Allí se encontraba un Nostradamus, un libro que predecía el futuroo el Codex Gigas, la «octava maravilla del mundo», un mastodóntico manuscrito que sobrepasaba su propio peso y casi su altura y que había rescatado de una oscura celda de un monasterio de «monjes blancos». Según la leyenda, su autor fue un monje benedictino condenado a ser empalado vivo por incumplir sus votos. Intentando conseguir el perdón, propuso crear un códice que contuviese la Biblia y todo el conocimiento del mundo. El abad aceptó, pero sólo tendría una noche para completar su trabajo. Incapaz, solicitó ayuda a Satanás quien aceptó crear el manuscrito con la condición de que apareciera su imagen en una de las páginas; algo inaudito y hereje. Satanás representado en una Biblia de la mano del mismísimo demonio. Rodolfo II sólo lo había abierto en una ocasión para contemplar su terrorífica imagen. A pesar del tamaño, el volumen estaba bien oculto en un doble fondo. Sólo el emperador conocía su paradero. Nadie más debía ver esa imagen. Nunca.

Paseando, se acercó a una vitrina en el otro extremo de la cámara y cogió entre sus manos un manuscrito encuadernado en pergamino repleto de coloridos diagramas y escrito en un lenguaje incomprensible. Era su bien más preciado y misterioso, incluso por encima del Codex Gigas, pero también, el mayor de sus rompecabezas. Nadie había podido siquiera ayudarle a colocar la primera piedra del puzle. Deslizaba el dedo por las exóticas palabras intentando desentrañar sus secretos ocultos. Estaba convencido de que todo estaba escrito ahí; tan cerca y a la vez tan lejos. Poder leerlo proporcionaría el remedio para todos sus males, los misterios ancestrales de la humanidad, la transmutación de metales y sobre todo, la ansiada vida eterna.

Era Γενεσις. El Génesis. El origen.

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El origen

Leo estaba con ojos cargados de rabia y bajo un manto de cólera. Dio un resoplido de ira y un golpe seco sobre la mesa, agotado por el camino que estaban tomando los acontecimientos. –¡Te digo que no! ¡Podemos perder todo aquello por lo que hemos luchado en estos años! ¡Debemos seguir actuando como hasta ahora! La información que necesitamos caerá como fruta madura, te lo aseguro. Leo era una mole de 1,90 cm de altura, entrado en la cuarentena, fondón y acomplejado por su calva de fraile y una barriga de oso. El color claro de sus ojos delataba sus rasgos germanos a pesar de que era natural de Albacete.

–¡Ha pasado casi una semana y no veo ningún resultado! ¿Cómo es posible que no sepamos aún nada? –gritó Hans con un chasquido de reprobación.

–Está claro que algo sospechaba. Te dije que no debiste escribirle aquel correo. Despertaste su recelo. Eres imbécil.

–Mi perfil como investigador de la Universidad de Frankfurt es muy sólido. Es imposible que me descubriera. Y el contenido del correo no debería haber despertado suspicacias. Además, ¿cómo iba a saber yo que había encontrado la piedra negra? Sólo parecía un curioso más. Actué como debía.

–Pues la tenía, imbécil. La cagaste, Hans. Hemos tenido que gastar mucho dinero de nuestros fondos para conseguir meterlo entre rejas, pero de poco nos ha valido. No hemos hallado nada en su casa y tampoco damos con su hermana. Ha desaparecido. Tú eres el responsable.

Hans había pasado la cincuentena, bajito y moreno y con el rostro machacado por el sol. Le apabullaba el cuerpo de Leo, y envidiaba la altura y los ojos de su socio, al que soportaba sólo por compartir un fin común. Era descendiente de un alto cargo del partido nazi que se había establecido, junto a otros muchos, en la localidad gaditana de Zahara de los Atunes. Había mamado desde pequeño la idea de superioridad de la raza aria. En su mente, los españoles eran poco más que homínidos de segunda fila, aunque, por su aspecto, él bien podría caer a la tercera. –La encontraré, León. Tengo el teléfono de la palurda que llamó al abogado y he movido hilos en la compañía telefónica. El dinero puede comprar cualquier voluntad. Espero tener pronto buenas noticias.

–El dinero a nuestra disposición no es ilimitado. Y nuestro donante presiona. Quiere ver resultados pronto. Llevamos años de espera y ahora que ha reaparecido no podemos dejarla escapar. No es lo mismo tener que robarla ahora a un grupo de despistados que asaltar el Museo Británico. Hay que actuar antes de que salga de sus manos. El tiempo no juega a nuestro favor.

–He solicitado al resto que vengan urgentemente a España. Necesitamos más manos. Y más fuerza.

–¿Y…?

–Armin llegará con Ada esta misma tarde. Walter mañana por la mañana. Niklaus, Edel y Otis no responden.

–Hijos de puta. Sabía que esos tres no eran de fiar. Han puesto la mano para recibir el dinero, pero cuando se les necesita, se esconden. Nos ocuparemos de ellos más adelante. Lo primero es pillar a esa pequeña puta y a quienes la ayudan. Y se arrepentirán. Te juro que todos se arrepentirán.

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Quintaesencia

El insólito cortejo alcanzó el Lower East Side de Manhattan, uno de los barrios más populares y antiguos de Nueva York, repleto de inmigrantes judíos, italianos e irlandeses. Tres coches Chevrolet Bel Air, negros y relucientes como carrozas acicaladas para pasar revista, aparcaron en fila india. Cuatro hombres clonados de chaqueta oscura, corbata apretada y gafas de sol, se bajaron con prisa del automóvil que marchaba en cabeza de la fúnebre comitiva. Rodearon un auto con aire bravucón. Un individuo de mediana edad, alto, labios finos, pómulos salientes y nariz ligeramente aguileña abrió la puerta y descendió con paso firme.

–¿Es aquí? ¿Estás seguro, Benjamin? –preguntó al chófer–. Esperaba una casa algo más… no sé… sofisticada.

–Sí, señor. La dirección es la correcta –respondió asomando el cuello por la ventanilla como el cuco de un reloj.

Adlai subió las escaleras hasta la primera planta de un modesto apartamento construido en la década de los veinte, rodeado de los trajeados y seguido de otros tres individuos de piel blanquecina y atípica apariencia. Desde la calle, llegaban los gritos de mofa de varios críos que pasaban la tarde jugando al salto del burro.

–¿Lo de «tableta de chocolate con leche» va dirigido a nosotros? –dijo Adlai sonriendo a uno de sus guardaespaldas.

–Eso parece, señor. ¿Quiere que actúe?

–No, hombre, todos hemos sido niños. No es necesario. Creo que hemos llegado.

–Permítame, señor. –Un agente del Servicio Secreto llamó al timbre.

Una anciana pequeña y rechoncha con un rodete sobre la nuca y anteojos abrió la puerta sorprendida.

–¿Es usted Ethel Lilian Boole?

–Ethel Voynich. Sí, soy yo. ¿Quiénes son ustedes?

Un gorila bajito y corpulento empujó la puerta y se precipitó hacia el interior del apartamento, rebuscando por los rincones. El resto lo imitaron, esparciéndose por el resto de habitaciones.

–¡Limpio! –sonó en la distancia.

–Tendrá que disculpar sus modales –dijo Adlai mostrando la mejor de sus sonrisas–. Sólo se preocupan por mi seguridad. Me llamo Adlai, Adlai Stevenson. ¿Puedo pasar?

Ethel había cumplido ya 91 años y sabía que su cabeza había perdido facultades, pero esa cara y ese nombre le resultaban extrañamente familiares.

–Quizás le resulte conocido. Me presento a candidato a la presidencia de los Estados Unidos.

–¡Dios mío! –dijo reconociéndolo al fin– ¡Es usted! Pero… pero… ¿qué desea? ¿Mi voto? ¡Lo voté en las pasadas elecciones y lo volveré a hacer! ¡Ay, madre! ¡Adlai Stevenson en mi casa!

Ethel empezó a tartamudear nerviosa. Admiraba a ese político demócrata que se había enfrentado a Dwight D. Eisenhower en 1952. Lo consideraba una rareza en la vida pública americana. Era un persona cultivada, cortés e ingeniosa, crecida tras la derrota en esas elecciones. Tanto, que se postuló de nuevo para las siguientes elecciones en 1956. Adlai no pudo reprimir una sonora carcajada.

–No, mi querida señora, hoy no deseo su voto, pero recuérdelo en las próximas elecciones. Si me permite pasar, se lo explicaré con mucho gusto.

Se quitó el sombrero y entró en el apartamento seguido de la insólita comitiva. El Servicio Secreto salió al pasillo y cerraron la puerta dejándolos en la intimidad. La entrada se abría a un modesto salón. Una butaca con faldones raídos y una mecedora rodeaban a una mesa camilla, con un pequeño televisor justo enfrente.

–¡Dios mío, cómo va a ser esto…! ¡Y eso que soy atea! ¡Ay, madre! ¡Adlai en mi casa! –repetía Ethel, que no salía de su asombro.

–Veo que tiene ya usted este magnífico invento –dijo Adlai señalando al televisor–. Personalmente creo que no salgo favorecido en él, Ethel.

–Llámeme Lily por favor. Así me conocen todos: Lily.

–Intentaré ser breve, Lily. Estos son escritores rusos de una delegación de la Unión Soviética. Sólo chapurrean nuestro idioma, pero lo han aprendido y están aquí por usted.

–¿Por mí? ¿Qué he hecho?

Uno de ellos se acercó, se quitó el sombrero, y le dio la mano efusivamente. Los otros dos la miraban con ojos brillantes, bañados en admiración.

–Es usted –dijo con marcado acento ruso–. Es usted… Está viva… viva, sí. ¡Viva! Yo decía a ellos viva, pero no creer a mí. La admiro. Todos la admiramos. El pueblo de la Unión Soviética admira y ama. Gracias… gracias.

Lily sonreía y saludaba sin entender nada. Adlai asistía divertido a la representación. Viendo el desconcierto en los ojos de la anciana, se sentó en la butaca y decidió que ya había tenido suficientes emociones.

–Mi querida Lily; se lo he de explicar. Es usted una heroína en la Unión Soviética, la República Popular de China, Vietnam y otro grupo de países comunistas con los que me temo, no guardamos buenas relaciones.

–¿Yo? ¿Yo una heroína?... ¡Pero si tengo 91 años!

–Sí, usted, Lily. Cuando era jovencita, allá por 1897, escribió una novela llamada El tábano, ¿verdad? Este pequeño grupo de escritores aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Nueva York hace tres días. Hemos tenido que contrastar su historia, aunque la CIA los considera espías en potencia y se encuentran recluidos en un hotel con vigilancia día y noche. He de admitir, Lily, que ni siquiera sabía de su existencia o de su novela hasta que un ayudante me comentó el caso. La he leído a toda prisa. Reconozco que es una bonita historia de heroísmo, romanticismo y rebeldía. Y parece que usted ha vendido millones… repito, millones de libros en estos países de los cuales usted no ha cobrado ni un miserable dólar, entre otros motivos porque el mundo pensaba que estaba bajo tierra. Vive usted en la oscuridad, mi amable anciana. Estos señores la localizaron y…

–Sí, eso… lista personas que compran revista Mad aquí –interrumpió el ruso.

–Usted está afiliada a la revista Mad que algún diplomático llevó hace unos meses a Moscú y en la lista de suscriptores aparece su nombre. El diario Pravda publicó la noticia en primera página y el gobierno soviético se ha puesto en contacto con el nuestro para confirmar que efectivamente, aún vive, y para hacerle llegar una buena suma de rublos por los derechos de autor que usted nunca ha cobrado durante estas décadas. De hecho, cuando acaben las elecciones iré personalmente a Moscú a negociar el montante. Tenga en cuenta que es imposible usar el rublo soviético en EE. UU. Nuestro gobierno pedirá algún otro producto y le compensará en dólares. Algo traeremos, aunque sea Vodka.

Lily no salía de su asombro. Su Tábano, su gran libro de juventud. Se veía como una escritora fracasada. De su última obra escrita hacía diez años apenas había vendido unas docenas de ejemplares. Y ahora, resulta que era mundialmente famosa. Otro miembro de la comitiva rusa se acercó y le tendió la mano.

–Yo llamo Boris. Novela muy famosa. Obra teatro Zhertva svobody por Zolotarëv. Buena y famosa. ¡Y ópera! ¡Y ballet! ¡Y películas rusas! ¡Varias películas «riusas»! ¡Krazana! ¡Uau! ¡Y Ovod del gran director Aleksandr Faintsimmer! Todo gracias a El tábano. ¡Todo! ¡Es increíble usted siga viva! ¡Uau!

–Bien –intervino Adlai–. Ya es suficiente. ¡John!

–¿Si señor? –dijo un miembro del servicio secreto asomando por la puerta.

–Acompañe a estos pájaros rusos al coche. Deme unos minutos a solas con Lily, por favor.

He de confesarle algo maś –continuó tras comprobar que estaban solos–. Cuando vi su apellido me llamó la atención: Boole. Entonces me percaté de que es usted la hija del insigne matemático George Boole. ¿Cómo se siente sabiendo que su apellido puebla los libros de todas las universidades del planeta? Su padre ha sido determinante en la revolución tecnológica. Sin él, las modernas computadoras no existirían.

–Mi padre murió cuando yo tenía tan sólo siete meses. Jamás llegué a conocerlo. Él nunca quiso revolucionar nada; pero lo hizo. Yo intenté cambiar el mundo sin ningún resultado. Ironías de la vida.

–Pues parece que ha conseguido más de lo que pensaba. Por suerte es usted anciana o tendría problemas. McCarthy y los suyos están llevando a cabo una caza de brujas. El Proceso de Salem es una anécdota a su lado, pero de nuevo, he de reconocer que no estoy aquí por su apellido de soltera, sino el de casada: Voynich. Es usted la dueña de un manuscrito del que muchos hablan. Me pregunto si podría verlo. Sé que sólo lo ha mostrado a algunos elegidos.

El manuscrito era para ella una maldición. Desde que su marido lo compró en Italia, había dedicado todas sus energías a descifrarlo. Y había fracasado una y otra vez. Murió físicamente de cáncer de pulmón, pero detrás estaba su muerte mental, de melancolía y amargura. En su testamento le había legado todos sus libros salvo ese, cuya posesión compartía también con Anne Hill, la que fue fiel secretaria de su esposo, convirtiéndola por tanto en dueña al cincuenta por ciento cada una. Quizás porque así se garantizaba que su venta sería más difícil… O, posiblemente, por alguna relación afectiva entre ambos. No podía reprocharle nada. Él ya había descubierto mucho antes su prolongada infidelidad junto al agente secreto Sidney Relly. Todo eso era polvo en su memoria; recuerdos casi olvidados. Se levantó hacia la caja fuerte que tenía oculta en su dormitorio.

Regresó con el manuscrito envuelto en una funda de cuero.

–Aquí lo tiene.

Adlai lo abrió y empezó a navegar entre letras y garabatos sin sentido.

–¡Dios mío! ¡Es una joya, increíble! ¿Y sabe lo que dice?

–No. Mi marido casi perdió la cabeza y yo… Yo creo que también. Hace años que tiré la toalla. Serán otros los que lo descifren y no el matrimonio Voynich, aunque al menos le hemos dado nombre.

–¿Nadie ha averiguado nada?

–Mi marido dedicó veinte años sin resultado. Murió en 1930. Un año después le llevé fotografías a Henri Hyvernat, profesor de la Universidad Católica de Washington. Se quedó sorprendido y realizó una transcripción completa a mano. Aún estoy esperando algún resultado.

–Me intriga enormemente, se lo aseguro. ¿No se ha planteado ponerlo en manos de los criptógrafos del ejército? Lo que voy a contarle es aún clasificado, pero un grupo de genios con Alan Turing a la cabeza descifraron el código Enigma alemán en 1942, en Bletchley Park. Por ellos ganamos la guerra. Era endemoniado. Este no puede ser peor.

–Me queda poco de vida y sólo deseo ya un final tranquilo. A mi muerte, que Anne decida. Será ella quién lo herede. Es bastante más joven que yo.

–Tenga –dijo entregando el manuscrito–. Guárdelo en lugar seguro. ¿De verdad que tras todos estos años no tiene idea de lo que dice?

–Según mi marido era un cifrado polialfabético como el usado por Trithemius, sólo que debía haber glifos falsos añadidos y además algún tipo de reordenación, como un alfagrama, además del toque humano difícil de averiguar. Es decir, que tiene un doble o triple cifrado. Si es así, es de locos. Mi marido hablaba dieciocho idiomas, aunque es cierto que todos igual de mal, pero de ese libro no fue capaz ni de pronunciar una palabra. Es diabólico.

–Le prometo que no he entendido nada de lo que usted me ha dicho.

Lily abrió el manuscrito y fijó su mirada, perdida en un mar de palabras ininteligibles.

–Le aseguro que yo tampoco entiendo nada de lo que él me dice.

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La noche de los mundos

Era noche cerrada en Constantinopla. No había despuntado el alba, pero la esperanza había abandonado el alma de la ciudad. Las campanas repiquetearon interrumpidamente el día anterior, pero hoy, permanecían mudas, detenidas en el tiempo. 

Hacía menos de dos meses que, entre redobles de tambores y toques de trompeta, el sultán Mehmet II se había presentado ante las murallas de la milenaria ciudad al frente de una enorme hueste de más de ciento cincuenta mil soldados. No fue una sorpresa. Los preparativos defensivos ya habían comenzado hacía tiempo, pero Bizancio estaba moribundo; apenas había podido reunir unos exiguos diez mil hombres, incluyendo los refuerzos de los ciudadanos de Pera, la república de Génova, los Estados Pontificios, amén de un pequeño contingente de castellanos y aragoneses. De todos los aliados, los genoveses eran los más valorados. Eran una reducida y experta tropa de setecientos soldados al mando de Giovanni Giustiniani. Desgraciadamente, los navíos prometidos por la República de Venecia no llegaron y, tras cincuenta días de asedio y cruentas batallas, la resistencia había alcanzado su límite.

La principal baza de Constantino era la propia Bizancio, protegida por las fortificaciones más formidables del mundo medieval. La muralla de Teodosio se alzaba desafiante desde el siglo V y estaba compuesta por una triple fortificación con ciento noventa y dos torres defensivas, además de un enorme foso exterior. Había resistido con éxito veintidós asedios anteriores, con un solo fracaso. En 1204 los cruzados la conquistaron asaltando las murallas marítimas, pero no las teodosianas. No en vano, de su forma triangular, dos lados daban al mar. Desde ese desgraciado acontecimiento, Bizancio había reforzado su frontal marítimo con una enorme cadena para impedir la entrada de las naves enemigas al Cuerno del Oro, el estuario de entrada al Bósforo que proporcionaba a los griegos un excepcional puerto natural.

Los días precedentes habían sido aciagos, sobre todo tras el eclipse lunar del 24 de mayo, recordando  a los bizantinos una antigua profecía de Constantino el Grande que anunciaba que  las murallas sólo resistirían mientras la Luna brillase en el cielo. Aquel aciago día su luz se apagó.  El clamor angustioso de los habitantes se mezcló con el sonido del último suspiro cristiano del Kyrie Eleison en la Catedral de Santa Sofía. El revoleo de los carrillones de la Iglesia del Pantocrátor era transmisor de infaustos augurios. La profecía se abría paso en el corazón de los habitantes del que fuera el poderoso Imperio Romano de Oriente. Lo había anunciado Alonso de la Espina en su Fortalitium fidei o el mismísimo Joaquín de Fiore en su Speculum visionum: «Las aves negras destruirán los ejércitos de cruzados». El demonio se había impuesto en su guerra contra la ecclesia. Se acercaba el final de la segunda Roma. No habría oportunidad para una tercera. El turco era el cuarto jinete del Apocalipsis que cabalgaba junto a las huestes de infieles anunciando el fin de la civilización. Se acercaba el fin de los tiempos. Comenzaba la noche de los mundos.

Bajo la enorme cúpula esférica, Constantino XI abandonó el círculo de negra roca ígnea, que había sido usado por los emperadores en la liturgia desde la época de Justiniano. Escoltado por su guardia personal, se dirigió al ritmo que permitía su pesada armadura hacia la salida de la Catedral de Santa Sofía. Su interior estaba adornado por columnas de pórfiro, granito egipcio y mármol verde de Tesalia. Atravesando por última vez las columnas extraídas del templo de Artemisa, alcanzó las enormes puertas de bronce adornadas con bajorrelieves en plata sobredorada. A su espalda, desde el púlpito de fino oro recubierto de pedrería y rodeado de miles de fieles que rezaban y lloraban, el patriarca Atanasio II vociferaba con mirada de otro mundo y voz asfixiada: «¡Salomón, te he vencido!, ¡Salomón, yo te he vencido!». Era el mismo lamento que según Procopio de Cesárea, exclamó Justiniano al ver Santa Sofía terminada el 27 de diciembre del año 537, pero hoy, mil años después, parecía ser el día en que finalmente las hordas de infieles se levantarían sobre la ciudad de Justiniano.

Desde su llegada, Isidro de Kiev había dejado a un lado su vistoso atuendo como cardenal de la Iglesia de Roma con el que conseguía disimular su físico desgarbado. Hoy tampoco portaba la incómoda y pesada armadura. En su lugar, iba finamente engalanado, de perpunte y sayo abierto, mangas perdidas, calza entretallada y bonete de terciopelo merloneado. Si había de morir, quería llegar al cielo portando vivos colores. Desde el voladizo de una de las torres que protegen la puerta de San Emiliano, observaba el campamento otomano con aire de superioridad. Ante él, de costa a costa, se mostraba un espectáculo imponente de millares de hombres, tiendas, animales y provisiones, junto a un número de cañones sin precedentes, entre los que destacaba uno enorme, bautizado como Basílica, diseñado tanto para derribar murallas como para atemorizar almas. De noche, el campamento permanecía rodeado por miles de antorchas. Las puertas del infierno se abrían en Bizancio.

Isidro de Kiev se encontraba al mando de un pequeño regimiento de doscientos veteranos arqueros napolitanos, suministrados directamente por el papa Nicolás V, quien temía que si caía Constantinopla, Roma podía imitar el mismo destino. Nadie era capaz de permanecer impasible ante lo que se les venía encima. Tampoco el cardenal. Sentía miedo. La sangre se helaba en sus venas y un sudor frío recorría su frente. Repentinamente, el sonido de los atabales, de los címbalos y de las trompetas hizo estallar el mundo. En la oscuridad de la noche, más de cien mil bashi-bazouks, una amalgama de andrajosos pastores y nómadas venidos de todas las regiones de Asia, arremetieron contra la muralla baja, la primera línea defensiva, especialmente en el arruinado sector del Mesoteichion. Portaban una lanza o cimitarra y un pequeño escudo de madera. Su armamento era tan simple como su moral.

–¡A las armas! ¡Todo el mundo a las almenas! 

Los arqueros que formaban la guardia personal del cardenal prepararon sus arcos y ballestas, disparando sus flechas en cuanto los otomanos se acercaban al foso. A ras de tierra, las culebrinas y arcabuceros turcos abrían fuego seguido de una nube de flechas que caía sobre los defensores ocultando la luna. En un par de horas, miles de muertos se amontonaban unos encima de otros a lo largo de toda la muralla, lo que permitía a la oleada siguiente atravesar el foso de veinticinco pies de ancho a lomos de los despojos de sus compañeros.  La muralla baja de piedra había dado lugar a una dantesca montaña de sangre, vísceras y restos humanos. Los pocos que lograron atravesarla fueron rechazados ignominiosamente a base de saetazos, pez hirviente y plomo fundido, no sin sufrir cuantiosas bajas.

Aún bajo la manta nocturna, se hizo un profundo silencio sólo interrumpido por los alaridos de los heridos que atiborraban el foso. Sonaron los cañones del sultán y los espantosos proyectiles de piedra desmantelaban murallas, almenas y parapetos. De nuevo, sin tiempo a descansar, se produjo el segundo asalto, realizado en este caso por el cuerpo de ejército de los anatolios, soldados regulares turcos de religión islámica que aullaban como demonios por entrar en la ciudad. El primero en lograrlo sería aupado a gobernador de una provincia por el Sultán. Decenas de miles se lanzaron como hienas contra Constantinopla. La primera muralla fue rebasada sin dificultad. Reían y gritaban como cuervos histéricos mientras se colocaban unos encima de otros para alcanzar las cimas de los baluartes. Los arqueros napolitanos lanzaban una nueva lluvia de flechas sobre los anatolios destrozando sus filas, pero nada parecía detenerles. Detrás de cada muerto, otro ocupaba su lugar. El cardenal dio orden de retirarse a sus diezmadas tropas a la última línea defensiva, la que había estado menos expuesta a los cañonazos y que aún resistía razonablemente en pie. Su corazón latía de terror. Constantinopla estaba recibiendo el justo castigo a sus pecados. Desde su llegada había visto a la población entregada al ocio y al vicio de la carne, olvidándose del loable ejercicio militar. Su caída era ya inevitable.

Amanecía. La ciudad estaba envuelta en una silenciosa neblina, sobre una capa de miedo y pesimismo. El sol alumbraba un océano de sangre y destrucción. Olía a muerte y pólvora. Ya no quedaban bolas para prender en llamas contra los atacantes. Tampoco fluido para rellenar los cheirosiphōnes. El fuego griego era ya un recuerdo. Los arqueros hacía tiempo que habían vaciado sus carcajs y luchaban con sus armas de mano rechazando a los otomanos que conseguían trepar a las almenas. Los contenían a duras penas. Los bizantinos luchaban por Dios y su vida. Los otomanos por Al-lāh y la gloria.  Isidro de Kiev respiraba aliviado. Los habían contenido a pesar del enorme boquete abierto por un cañonazo en el lienzo de muralla. Soldados, mujeres y niños intentaban tapar el enorme agujero con los materiales que encontraban a su alrededor. De sus hombres, aunque exhaustos, una gran parte permanecía con vida. Sonaba el silencio. De pronto, un grito gutural heló la sangre y acogotó el espíritu. Eran los jenízaros; un cuerpo de élite formado por antiguos niños cristianos arrebatados a sus padres en los territorios conquistados y a los que se formaba en el islam. Eran los más feroces, los más disciplinados y estaban bien pertrechados; inconfundibles con sus altos gorros blancos. Mehmet los había reservado para el tercer y último asalto. En número de unos doce mil, se lanzaron como una jauría de lobos, vociferando y con la cara pintada en rojo para aterrorizar a sus enemigos. 

En la puerta de San Romano, Giovanni Giustiniani, el valiente defensor genovés, había sido herido y retirado del combate. Cuando el resto de los soldados genoveses vieron que se llevaban a su capitán, se desmoralizaron y desertaron de sus puestos en la muralla, dejándola tan sólo defendidas por tropas bizantinas; pero incluso así, la ciudad resistía. Sin embargo, había una estrecha abertura en el lado norte de la muralla terrestre de la ciudad; una antigua poterna ubicada en el barrio de las Blaquernas, usada como escape de emergencia que había permanecido tapiada y sumida en el olvido durante siglos. Descubierta recientemente por los defensores, fue nuevamente abierta y usada para dar pequeños ataques sorpresa. En medio de la mortífera oleada, un grupo de griegos la usó para atacar por la retaguardia y derrumbar las escalas. En su retirada, entró un pequeño contingente de jenízaros que se dirigieron con furia hacia la puerta de San Romano, cerca de donde luchaba el emperador.  En el caos de la batalla, el estandarte cuartelado de la cruz de San Jorge fue sustituido por la media luna del islam. La ciudad, tras más de mil años de historia, parecía perdida. Cundió el pánico, que fue aprovechado por los asaltantes para completar la brecha. Los cipayos, la caballería de élite turca, hizo su aparición desnivelando la contienda definitivamente. Cuando llegó el emperador, lo único que pudo hacer fue contemplar el espantoso espectáculo y la inminente derrota. Descabalgando de su montura y a pie, junto con su fiel guardia personal, se lanzó contra los jenízaros. Constantino XI Paleólogo partía en busca de la inmortalidad.

En la distancia, Isidro de Kiev contempló la bandera otomana ondeando sobre la puerta de San Romano. Era el fin.

–¡A la iglesia, rápido! –gritó a su guardia.

Un grupo de unos veinte soldados se separó del grueso del contingente. El resto protegían la retaguardia dando tiempo al cardenal a completar su misión. La cúpula de la iglesia de Santa María de Rabdos era perfectamente visible desde la puerta de San Emiliano. Esa era la única razón de su presencia allí y la de su insistencia en defender personalmente esa sección de las murallas, pero las puertas de la iglesia estaban cerradas; habían sido atrancadas con muebles, imágenes y con los propios reclinatorios. Dentro, se oían rezos, llantos y gritos. Ordenar que abrieran era inútil. Usando una viga de madera como ariete, cedieron con un gran crujido. En el interior, varios centenares de griegos se cobijaban junto al púlpito. Al contemplar las tropas latinas desfilando por el pasillo, se dirigieron hacia ellos entre súplicas y gracias a Dios. El cardenal y su guardia enfilaron sus espadas hacia la muchedumbre y prosiguieron rectos, sin vacilaciones.

–No venimos al rescate. Detrás nuestra vienen los jenízaros y arrasarán los escombros de este inmundo imperio. ¡Seguid rezando por vuestros pecados, el final de vuestras vidas se acerca! En la cripta, en una cueva bajo el altar, se acumulaban caóticamente todo tipo de riquezas, imágenes y reliquias. Isidro contempló la Menorá capturada por el conde Belisario o la Vera Cruz arrancada a sangre y fuego por Heraclio a los sasánidas en las llanuras de Nínive. No pudo reprimir una lágrima. Constantinopla era mucho más que una ciudad. La cristiandad jamás olvidaría ese aciago día.

–¡Ese arcón de ahí! ¡Nos lo llevamos! ¡Rápido, al puerto!

Ocho soldados cargaron a hombros un enorme y pesado cofre de madera con remaches dorados, mientras  el resto se distribuía a vanguardia y retaguardia con las espadas desenvainadas. Abandonaron la iglesia entre las súplicas y rezos de mujeres, ancianos y niños. Hoy Dios no era cristiano.

En la distancia, sonaban los gritos de los derviches incitando a la destrucción de la ciudad y el choque de las cimitarras sobre las armaduras de los caballeros cristianos. La comitiva se abrió paso por la encrucijada de callejuelas en dirección al puerto del Contoscalio, situado en el lado sudoriental de la ciudad y lejos del de Bucaleón, el más codiciado por los otomanos y donde atracaban las engalanadas embarcaciones imperiales. A su paso, todo era caos y confusión. Los griegos lloraban por las esquinas o huían despavoridos en todas direcciones. En las casas, sus moradores se preparaban para la última defensa con ballestas, piedras, agua hirviendo o cualquier cosa que encontraban a mano. Nadie dudaba de que se acercaba una carnicería. Ese día, el sol evaporaría sangre. La brisa traía olor a pescado rancio, sal, brea, y almizcle. En Contoscalio, su muralla portuaria aún estaba en  manos latinas. Una muchedumbre bullía ante las puertas agitando los brazos y rogando a Dios, ofreciendo oro, joyas o su cuerpo como precio por un pasaje de vida, pero los accesos estaban cerrados. El cardenal Isidro atravesó el portón de los marinos, el único acceso que permanecía aún abierto y custodiado por una compañía de marina armados con largas lanzas y espadas. En las almenas, los centinelas apuntaban sus ballestas, culebrinas y arcabuces en dirección al corazón de la ciudad a la espera de la llegada de los primeros otomanos. A su paso, nadie hizo preguntas. En el puerto, una majestuosa galera conocida como «El Halcón del Temple» exhibía en sus velas cuadradas la cruz de ocho puntas de la Orden de Malta. La comitiva se dirigió con el gran arcón hacia el alcázar de popa mientras que desde el castillo de proa, el cardenal daba órdenes a marinos y remeros.

–¡Soltad amarras, el turco se acerca! ¡Zarpamos!

La nave se adentró en el mar de Mármara gracias al hálito del viento y a la violenta boga de los remeros, en los últimos minutos de historia de lo que fue poderoso Imperio Romano de Oriente. En la lejanía, todo eran imágenes de ruina, humo y desolación. Junto a la nave, otros barcos, casi todos latinos, intentaban escapar desde los cercanos puertos de Eleuterio y Sofía, entre ataques de galeras turcas, flechas incendiarias y piedras lanzadas por catapultas costeras. Iban colmados de personas hasta el punto de que algunos zozobraron y se hundieron bajo el Cuerno de Oro. Poco a poco, el resto se alejaban de la costa, mecidos por la suave brisa del norte. En sus cubiertas, los supervivientes lloraban, oraban y daban gracias a Dios. El estandarte imperial aún ondeaba en muchos puntos de la ciudad y el Cardenal Isidro de Kiev contemplaba por última vez la que fue todopoderosa ciudad de Bizancio, con su figura apagándose lentamente en la línea del horizonte. En la nave se respiraba un aire resignado y desahuciado. Las llamas empiezan a elevarse hacia el cielo desde el puerto de Contoscalio. El grito alocado de los derviches retumbaba en los oídos. Unos pocos soldados bizantinos luchaban junto al portón de los marinos sin futuro ni esperanza; el resto, se lanzaban al agua, ahogándose bajo el peso de sus armaduras. Un reguero de almas en pena huía hacia ninguna parte. Dios les había abandonado. No así al cardenal; el Todopoderoso estaba con él. La misión, planeada con detalle en Roma, había sido un éxito. La muerte de casi todos sus hombres había sido un sacrificio necesario; un sacrificio de sangre. Rompió la cerradura del arcón y comprobó tímidamente su contenido. Suspiró aliviado. Una enorme piedra negra procedente del Bósforo con múltiples tonalidades se asomó desde el interior. La carga estaba a salvo. El diablo sarraceno podía haber ganado una batalla, pero aún estaba lejos de vencer en la guerra contra la cristiandad, no mientras tuvieran la preciada reliquia en su poder. Un grito sonó en cubierta. Fue su último pensamiento. El cardenal, su guardia personal y toda la tripulación, saltaron por los aires. Una enorme piedra de catapulta acababa de golpear el centro de la galera, atravesándola por completo y hundiendo para siempre tanto el preciado cargamento como las almas que la portaban en las profundidades del estrecho del Bósforo.

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Parzival

Julio era una persona ávida de fama y hoy estaba por fin en el lugar adecuado. Tras el almuerzo, acababa de meterse tres carajillos entre pecho y espalda y tenía la lengua tan suelta como su vegija. El frío de las primeras horas de esa nubosa tarde de octubre espoleaba sus ganas de orinar como un preso en fuga. Caminaba erguido y orgulloso, como si llevara un palo metido entre sus nalgas. Cerró su abrigo a modo de improvisado cortafuegos y terminó de acomodarse en la parte trasera de una lujosa limusina blindada Mercedes 540, aún pintada con el color gris Werhmacht. Una mole exclusiva de seis ruedas, regalo envenenado de Hitler a Franco por su cincuenta cumpleaños para animarle a entrar en la guerra a favor del Eje. Fue inútil; casi todo el Estado Mayor del régimen de Franco ya había sido sobornado por los ingleses. El presente había sido arrinconado en el Palacio de Oriente como una repugnante cucharacha, pero hoy, era muy diferente. En el coche, sentado al lado de Julio, se encontraba un hombre delgado, de aspecto enfermizo, estrecho de hombros y calvicie avanzada que disimulaba su avanzada miopía con gafas de metal. Heinrich Himmler estaba lejos del modelo de raza aria que tanto defendía.

–El pueblo español es categóricamente más celta que los íberos –vociferaba Himmler–. Los celtas están cercanos a la raza aria, la más pura y perfecta, mientras que los íberos son subhumanos, cercanos al mono. Son escoria, podredumbre. Habría también que eliminarlos de la faz de la tierra como al resto de razas impuras. ¡Ese es el único camino, Herr Julio!

Julio Martínez Santa-Olalla era astuto, de mirada felina, además de rubianco y ojos azules, lo que era del agrado de su invitado. También era arqueólogo, germanófilo e hijo de un general amigo de Franco. Entre 1927 y 1931 estuvo en la Universidad de Bonn, especializándose en la expansión de los pueblos germánicos visigodos durante el Bajo Imperio Romano en la península ibérica. En marzo de 1939 fue nombrado Comisario General de Excavaciones. A partir de ese año, intensificó los contactos con las instituciones arqueológicas de la Alemania nazi e intentó crear un equivalente del Archäologisches Institut des Deutschen Reiches, la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas. Presumía de la amistad con Wolfram Sievers, director de la Ahnenerbe y, sobre todo, con Heinrich Himmler, a quien admiraba a corazón abierto y con quien compartía sus ideas de «arianización de España», aunque, por encima de todo, era un ardiente simpatizante nazi. Desde que había sido asignado en un puesto de honor del cortejo, había soñado con ese momento. Deseaba fervientemente dejar una huella imborrable en su ilustre invitado.

–Aún tenéis mucho camino por delante –prosiguió Himmler–. Me temo que Francisco Franco es un personaje ridículo que no da la talla. En confianza le diré, mi querido Santa-Olalla, que personalmente me ha causado una pobre impresión como líder. Se acerca al homínido íbero del que le hablaba, mientras que por contra, Serrano Suñer se asemeja más al homo celta y a la raza superior aria. Él sería un excelente candidato a caudillo. Y además, están vuestras costumbres. El espectáculo que viví ayer en la plaza de las Ventas me pareció propio de una especie poco evolucionada. Diría que la teoría panceltista que usted defiende hace aguas por todos lados.

Julio empezaba a estar incómodo. Admiraba a Franco, pero no quería rebatir al temido jefe de las SS. Necesitaba su apoyo para continuar sus buenas relaciones con las prestigiosas instituciones arqueológicas alemanas. Por suerte, la presencia de una torre mudéjar tras las ventanillas mojadas de vaho le confirmaba que llegaban a su destino.

–¿Cuántos y cuántas campanas presenta el campanario de la iglesia, Herr Julio?

–Cuatro cuerpos diferenciados mediante cornisas, mi Reichsführer y ocho campanas, dos por cada cuerpo –respondió consultando el plano que había conseguido apresuradamente–. Debemos darnos prisa antes de que anochezca o será difícil recorrerla en la oscuridad.

La visita iba a ser tan rápida como inesperada. Por la mañana, Julio había escoltado a Himmler y su séquito en una emotiva visita al Alcázar de Toledo. Sólo durante el almuerzo había manifestado su decisión de visitar una intrascendente iglesia muy cercana al alcázar, antes de volver a Madrid para cenar en el hotel Ritz con parte del gobierno y cargos de la Falange. Himmler le había machacado durante la comida en su interés por los templarios y el Grial y, este lugar era para él un punto imprescindible en su visita a España, aunque no constaba en su agenda e incidía en llevarla discretamente.

Una monja de avanzada edad esperaba en la carcomida puerta de la modesta iglesia de San Miguel el Alto. Su fachada era muy sencilla, de ladrillo y mampostería; lisa y sin estridencias.

–Me llamo sor Inés. El padre Luis se encuentra fuera. Es el único que conoce la historia de este lugar. Ha sido imposible localizarle con tanta precipitación. Por suerte, en el convento tenemos un juego de llaves.

Inés abrió con una enorme llave de hierro y la puerta chirrió, trazando un medio arco sobre el suelo de arena y cemento. Himmler entró seguido del arqueólogo. Tras ellos, Karl Wolff y Joachim Peiper. El resto de soldados de la comitiva esperaron fuera por orden expresa de Himmler. La capilla mayor estaba parcialmente en ruinas y en total estado de abandono. Las paredes estaban recubiertas de andamios con hornacinas vacías. Había un enorme agujero en la cubierta y en su interior todo era polvo y destrucción. El suelo estaba encharcado y una corriente de aire gélido entraba por los vitrales hecho añicos. Olía a excrementos y putrefacción.

–Debido a su cercanía con el Alcázar, ha sufrido los efectos de los bombardeos enemigos. Además, las tropas republicanas destrozaron imágenes y profanaron tumbas. Encontramos restos humanos esparcidos por doquier y habían colgado los esqueletos en el altar, que también había sido arrasado. Apenas hemos tenido tiempo de poner algo de orden. El gobierno ha aprobado un proyecto para restaurar el claustro y convertirlo en una escuela parroquial en cuanto sea posible. Himmler guardaba un escrupuloso silencio. Julio carraspeó y se preparó para impresionar a su anfitrión, aunque el discurso era casi improvisado.

–La Orden del Temple se asentó en Toledo hacia 1152. Poco después, reformaron una antigua mezquita, que convirtieron en la iglesia que hoy conocemos de San Miguel el Alto, por estar en la zona más alta de Toledo. Esta iglesia era el oratorio de la hospedería de los caballeros templarios, conocida como Casas del Temple. Quedan muchos restos en las calles contiguas de la Soledad, San Miguel y plaza del Seco. Podemos visitarlas si lo estima conveniente. Eran antiguas casas de musulmanes acomodados que fueron reformadas conservando las inscripciones coránicas de los muros, mezclándolas con sus propios latines en honor de Nuestra Señora y con su característico emblema de la cruz patada. Bajo las casas y excavado en la roca viva, hay un laberinto inexplorado de habitaciones que comunican con esta iglesia y creemos, que con otras partes lejanas de la ciudad. Se dice que aquí escondieron los templarios sus tesoros antes de ser arrestados y condenados. Durante la guerra algunas fueron usadas para esconder personas y víveres. Una leyenda dice que durante el Día de Difuntos, cuando la campana de San Miguel toca las doce, se percibe un aumento del frío y un helor que a los pocos valientes que se atreven a salir los cala hasta los huesos. Dice la leyenda que son los espíritus de los templarios que vagan por el barrio bajando hasta el río y regresando a la iglesia antes del amanecer. Himmler escuchaba y observaba el edificio extasiado. Estaba firmemente convencido de que su objetivo estaba en España. La cruz de la Orden del Temple que decoraba un capitel le ratificaba que estaba en el camino correcto.

–¿No se ha encontrado ninguna Virgen Negra en este templo? –preguntó Himmler.

–No, pero con casi toda seguridad la adoraban. Cuando el Temple fue extinguido, en 1312, el arzobispo don Gutiérrez Gómez de Toledo perseguió, encarceló y torturó hasta la muerte a los caballeros de la orden. Toda sus riquezas y bienes fueron confiscados. Hay una Virgen en el exterior de la Catedral, a media altura del ábside, en una hornacina protegida por cristal emplomado y reja, que cada noche es alumbrada por un pequeño farol y que aquí se conoce popularmente como la Virgen del Tiro. No se conoce su origen, pero estoy convencido de que procede de esta capilla. Y es negra.

–Mañana iré a la abadía de Montserrat, pues mis fuentes de la Ahnenerbe aseguran que está relacionada con el Santo Grial. También allí hay una Virgen Negra, pero continúe, por favor. Prosiga.

–Espero de corazón que triunfe en su búsqueda por el bien de todo el Eje… y de la humanidad. En esta iglesia hay un pequeño patio interior donde milagrosamente se ha salvado de los bombardeos el gran «Cuadrado Mágico», compuesto por losas negras. Una leyenda dice que fue colocado allí por un sabio del monasterio templario de Alveinte de Burgos, donde hubo otro igual, para robar su ciencia a Satanás.

–Empieza a oscurecer. ¿Dónde esta la nave del Evangelio? –preguntó Himmler observando los muros desnudos.

–Allí –respondió Julio señalando a una nave lateral.

–Julio, déjame solo. Karl, Joachim, también va por vosotros. ¡Marcháos!

Karl Wolff era el enlace entre Himmler y el Cuartel General del Führer y Joachim Peiper era su adjunto favorito que siempre lo acompañaba en sus viajes oficiales. Ambos eran dos altos cargos de las SS y ninguno compartía el lado místico de su jefe, pero lo admiraban casi tanto como lo temían. Ninguno entendía la razón de aquel extraño viaje a España en medio de una guerra que requería plena atención. Julio Martínez Santa-Olalla salió al exterior tras orinar en una esquina del patio y se acomodó en el asiento trasero del Mercedes. Se limpió la humedad de su incipiente calva con un pañuelo y cruzó las piernas. En la comida, Himmler le había regalado una copia de la obra Parzival, escrita en el siglo XIII por el trovador templario alemán Wolfram von Eschenhach, donde describe una Orden religioso-militar de caballeros con fines místicos que recibe el nombre de Orden del Grial y sus miembros el de Caballeros Templarios. Asegura que el relato del Grial le ha sido narrado por Kyot el Provenzal, que denomina «maestro bien conocido», y habla de él como de la única autoridad que conviene invocar a propósito del Grial. «Todo lo que él contó en lengua francesa, yo voy a repetíroslo en alemán». El propio Wolfram declara que el origen último de la historia del Grial se encuentra en España y más concretamente en Toledo. Suspiró, ajustó sus gafas de montura plateada y abrió el libro por la página indicada por el propio Himmler:

«Kyot, el famoso maestro, encontró archivado en Toledo el texto originario de esta historia, escrito en árabe. [...] Ningún saber pagano nos puede revelar la esencia del Grial ni cómo se descubrió su secreto. Un pagano, llamado Flegetanis, alcanzó gran fama por su saber. Este físico procedía de Salomón y era de la estirpe israelita, muy noble desde tiempos muy antiguos, hasta que el bautismo nos libró del fuego del infierno. Él escribió la historia del Grial».

Los últimos rayos del atardecer penetraban por las vidrieras iluminando las sombras de la nave del evangelio. Himmler se acercó a una pared maloliente donde se hallaba un recipiente gótico de piedra negra pulida con forma de copa de más de un metro de altura. Su pie descansaba sobre una figura octogonal compuesta por ocho losas negras. Estaba lleno de excrementos, cristales y restos de orín. El muro estaba recubierto de pintadas denigrantes. Había encontrado el cáliz de sangre. Lo acarició suavemente, como a una amante delicada. Sus guantes se llenaron de restos de heces. Himmler había entrado en estado de éxtasis; su olfato estaba bloqueado y su vista permanecía anclada en la enorme copa negra. Su rostro palidecía y su entereza flojeaba. En unos minutos la oscuridad sería absoluta. Debía darse prisa. Se agachó y en el borde encontró la esperada inscripción cabalística, escrita en un lenguaje desconocido junto al símbolo de la cruz del Temple. Abrió su maletín y colocó una extraña piedra negra piramidal en el fondo de la copa. Sobre ella, volcó un polvo brillante de color rojo. Inmediatamente, durante varios minutos, empezó a pronunciar extrañas oraciones en un idioma que nadie hablaba en toda la tierra.

Aquel 21 de octubre de 1940, en una iglesia semidestruida e intrascendente, Heinrich Himmler, el todopoderoso Reichsführer, vestido con el traje negro de comandante supremo de las SS, se desprendió de su abrigo de cuero marrón oscuro, se quitó la gorra de plato con el símbolo del Totenkopf –la calavera y huesos cruzados– y se postró de rodillas en símbolo de reverencia por primera y última vez en su vida.

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Sigillum Dei

Malá Strana es un sosegado barrio situado en la orilla izquierda del río Moldava. Desde la iglesia de San Nicolás parte una calle que asciende empinada y angulosa en dirección al Castillo de Praga. Acurrucada por viejos palacios convertidos en talleres y cobertizos, es parte del camino real; tránsito obligado de los reyes en las ceremonias de coronación. Malá Strana es el barrio donde acontecieron las fiestas con mascaradas, las luminarias, los torneos y los cortejos mitológicos movidos por los autómatas proporcionados por Arcimboldo. El artista milanés tenía fama, tanto como constructor de máquinas ingeniosas, como organizador de refinadas veladas; tanto que eran recordadas por sus vestidos, disfraces y sus decorados fantasiosos. Tres largos años habían pasado desde que su encanto y su magia se habían apagado. El «Leonardo da Vinci de Bohemia» dejó su puesto como pintor de la corte y abandonó Praga con un rasguño en el alma en el año 1587. A pesar del esplendor perdido, en días de verano como hoy, luce bullicioso y colorido, repleto de mercaderes de cerámica china, tenderos con frutos exóticos o vendedores de pinturas japonesas sobre seda, compitiendo codo con codo con manieristas, quienes ofrecen sus servicios a cambio de una exigua suma de táleros.

–La tarde es calurosa, como una amante pegajosa –exclamó Nicolás Barnaud.

–E insaciable –bromeó Taddeus–. Aunque creo que a nuestra edad no estamos para abordar mancebas; ni siquiera tenemos ya espíritu para doblegar esta cuesta. Es insobornable.

–Siempre puedes hacer como el truhán de Dee: buscarte una joven moza que caliente tu catre y mejore tus piernas. Se dice que llevaba dos años viudo hasta que esa hermosa joven, casi treinta años más joven que él, se cruzó en su camino. Yo creo que se pegó a ella con resina de abedul –sonrió malicioso Nicolás–. Esperemos que no salga derrotado por unas enaguas.

–¿Sólo el catre de Dee? –sonrió Hajeck–. Hay quien dice que también se encarga del lecho de Kelly.

–Rata vieja, gallina joven –respondió Nicolás con mueca burlona.

–Ya estamos llegando; es aquella de allí –indicó en la distancia una casona renacentista de fachada redondeada–. Se llama «Casa del Asno en la Cuna» porque, según narran las leyendas, un niño amaneció en ella con las orejas de asno; pero no te preocupes, mi viejo amigo. John Dee nada tiene que ver con esa transmutación. Ocurrió antes de su llegada a Praga. En la mansión, sube una escalera de caracol a la torre donde, aparte de poder contemplarse un hermoso panorama de la ciudad, Dee ha montado su taller alquímico, su almacén y su biblioteca. Muchos dicen que ahí es donde crea sus homúnculos.

–Corren oscuras historias por Praga –respondió Nicolás Barnard–. El rabino Judah Loew ben Bezalel ha vuelto a la ciudad y no son pocos los que dicen que ha convocado algún tipo de monstruo desde el barro, al que llaman Golem, para proteger a los judíos.

–Estos son homúnculos, no son bestias creadas del polvo. Se fabrican con huesos y carne humana a los que Dee insufla vida con jugos secretos. Al parecer los almacena en vitrinas, pero cuando crecen demasiado las rompen y se convierten en seres peligrosos. Es entonces cuando les quita la vida. También crea otros extremadamente pequeños con semen y sangre. Nuestro emperador conserva algunos similares en su Gabinete de Curiosidades. Corren rumores de que trajo algunos a Praga como regalo de su tío Felipe II. Lo que Rodolfo II hace es un juego de niños al lado de los laboratorios alquímicos que esconde El Escorial. Encerrar diablos en botellas y libros es un arte muy antiguo. Ya le gustaría a nuestro emperador meter mano a los secretos de la biblioteca que Benito Arias Montano ha creado con tanto celo en ese monasterio.

–Pues tendrá que darse prisa antes de que la Inquisición llegue primero y la queme por completo. Difícilmente volverá a haber un rey tan nigromante como él en la corona de España. Tampoco en la de Bohemia. Y, por cierto, ¿qué hacen Dee y Kelly con los homúnculos? ¿Para qué los utilizan?

–Pues parece que los usan como ayudantes leales en su taller para así evitar los humores perjudiciales de la alquimia, pero son leyendas de taberna contadas en boca de rameras. Ni Dee ni Kelly desean ser acusados de nigromantes o estafadores. Llevan sus operaciones discretamente. Hace poco más de un año que llegaron a la ciudad y ambos se han convertido en personajes famosos e influyentes.

–Tú alojaste a ambos en tu casa durante un tiempo, mi querido Taddeus. Y también hiciste una presentación en el palacio del emperador Rodolfo II. Te deben gratitud. Y hoy, es la primera vez que recibes una invitación.

–Al menos no tendremos que desembolsar plata de nuestras faltriqueras, pero son siniestros, no me generan confianza. Tampoco a nuestro emperador. En realidad de no ser por la intervención del embajador de España, Guillem de Sancliment, jamás habría llegado a recibirlos, pero ambos son astutos y a Rodolfo II de Habsburgo lo deslumbraron con un impresionante juguete mecánico. Una especie de escarabajo volador, con el que también encandilaron a la reina de Inglaterra, Isabel I, durante su ceremonia de coronación. Ahora son ricos. El emperador y las familias acaudaladas compran sus favores a cambio de monedas, prevendas y lisonjas. También consiguen pingües beneficios de los burgueses que quieren codearse con la alta sociedad.

–¿De dónde saca los sortilegios?

Habían alcanzado la entrada. Taddeus dio dos golpes secos sobre la puerta con la aldaba en forma de gárgola. Clavó su mirada en Nicolás como un estilete en el alma.

–No lo sé con seguridad, pero algo te puedo garantizar: bien oculto en la torre conserva una copia del Liber Juratus.

El corazón de Nicolás Barnard empezó a bombear en el pecho como si quisiera salir huyendo lo más lejos posible de la ciudad dorada.

–¡Eso no son fantasmagorías! ¡Que Dios nos proteja! –exclamó ocultando la boca.

La vieja puerta de nogal se descubrió rezumando vapores con tufo a huevo podrido y azufre. Una hermosa joven de piel blanca como una muñeca de porcelana los obsequió con la mejor de sus sonrisas y los invitó a adentrarse en la oscuridad de la casa.

–Mi esposo os espera. Sois los últimos en llegar. En breve bajará de la torre.

Entre las sombras del salón, Taddeus reconoció los rostros de varios de los presentes. A su lado, Renata de Lassus, una aristócrata adornada con seda y pompones de plumas y otras baratijas, con una vida sexual tan escandalosa como extravagante. Su joven amante resplandecía de diamantes y en su manera de vestir. El resto eran praguenses de elevado estatus social que saludaron con un gesto de obligada cortesía. Permanecían inquietos y en silencio. Se consideraban afortunados por haber sido invitados a sus exclusivas sesiones espiritistas, hazaña conseguida a cambio de una buena suma de táleros. En el centro había una mesa blanca repleta de símbolos y varios objetos que Taddeus no supo identificar. Dos candelabros de plata con velas sudando cera eran la única iluminación. Se encontraban junto a un jarrón de porcelana, sobre una arqueta de nácar con patas doradas en forma de garras. Junto a ella, una silla de nogal guarnecida con oro y seda carmesí. Las paredes de color rojo terracota estaban decoradas de gobelinos con escenas mitológicas.

–Ruego guarden un escrupuloso silencio. Los ángeles son espíritus esquivos que cuesta convocar –susurró la joven mujer de Dee.

La escalera de la torre crujía adelatando la presencia de Edward Kelly, que descendía en silencio con los brazos cruzados seguido de John Dee, inconfundible por su exótica barba blanca, recortada en punta a imitación del mago Merlín. Ambos vestían las mismas túnicas acampanadas de llamativos colores que habían usado en la ceremonia de transmutación a su llegada a Praga. Al llegar al centro de la sala se detuvieron junto a la mesa, rígidos.

–¡La ignorancia es la desnudez con la que somos atormentados! –exclamó Dee con los ojos cerrados mientras Kelly permanecía en un discreto segundo plano–. ¡La primera plaga que cayó en el hombre fue la falta de ciencia, que nos impide conocernos a nosotros mismos! Esto nos hace ser orgullosos y convierte a la humanidad en pecadores. ¡Sólo a través del auténtico conocimiento aprendemos quiénes somos, qué somos y de quién venimos!

[...]

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Tetragrámaton

Primer día del nuevo año. El sol penetraba a raudales por la ventana evaporando la humedad de la noche. Lisa dormía desnuda, plácidamente. Julián sentía el contacto de sus pechos sobre su espalda y el suave soplo de su perfume. Se habían amado toda la noche, descubriendo miradas, gemidos y risas; abismos de ilusión y cumbres de placer. El presente se esfumó con la Nochevieja y el futuro se había convertido en una difícil quimera.

Suspiró; eran casi las diez y había prometido a Thomas visitarlo en cuanto amaneciera. Con mucho cuidado para no agitar su sueño, se vistió, cogió sus bártulos, y salió atropelladamente hacia el barrio de Santa Cruz. Thomas y Lázaro compartían la segunda planta de una centenaria casa construida durante la Exposición Iberoamericana de 1929. Lázaro abrió mostrando una sonrisa imprecisa. A pesar de ser parco en palabras, Julián comprendió que Thomas aún no se había levantado. Las paredes desprendían olor a amoníaco. Los muebles y la espartana decoración tenían cuanto menos, la misma edad que el edificio. Encontró al anciano en cama, tosiendo y de aspecto demacrado. Olía a sudor y fiebre.

–Lamento no levantarme. Es el eco de una mala noche de lluvia y frío. Apunta los libros y Lázaro te los enviará.

–Siento verte así, viejo amigo –respondió Julián–. Cumpliré tus deseos. Debería verte un médico. Puedo llevarte.

–Lázaro está a mi lado. Estoy bien cuidado.

La biblioteca de Thomas era pequeña, pero selecta. Tenía bastantes libros sobre la II Guerra Mundial, historia de las religiones o la Francmasonería, además de otros muchos antiguos, algunos de elevado valor. Hizo un listado con más de cincuenta volúmenes. Para un bibliófilo, elegir un libro podía ser más espinoso que elegir pareja. Volvió al dormitorio y se la entregó a Thomas antes de irse. No le gustó su aspecto pálido. Su tos era seca y profunda.

–No debes inquietarte. He salido de peores situaciones. Ahora escúchame, mi querido joven. Estás aquí por Lisa, pero también por Daniel. Tiene más piezas del rompecabezas. Y te espera –dijo entre un fuerte ataque de tos.

–Prometo ir hoy, a última hora de la tarde.

–Vuela, no me gusta que seas testigo de mi debilidad y recuerda… «A veces encontramos nuestro destino en los caminos que tomamos para evitarlo».

El primer día de Año Nuevo, Sevilla lucía callada y solitaria. En el camino de regreso, encontró abierta una cafetería de fachada deteriorada, especializada en juergas flamencas para incautos y turistas. Un camarero de cara rolliza y mueca apretada le sirvió una taza de café ahogado en leche que tomó con desgana. El camarero permanecía apoyado en el umbral de la puerta, vigilando el escaso trasiego de viandantes y dibujando piruetas con un palillo de dientes que colgaba de la comisura de su boca. Para Julián era un buen momento para calmar sus ideas. Llevaba dos semanas ahogado entre arreones de adrenalina. Acudiría al barrio de Santa Cruz y no iría sólo. Tenía una conversación pendiente con Lisa. La anterior estuvo llena de silencios.

Ya en el apartamento, Julián los encontró desayunando aún en pijama. Ella lo saludó con un fresco beso en los labios mientras su hermano ojeaba con mirada pícara. Las horas siguientes discurrieron entre roces enmascarados sobre el sofá, caricias alrededor de una cazuela de fondo grueso y sonrisas seductoras delante de un café.

Con los primeros síntomas del atardecer, Julián y Lisa se dirigieron al barrio de Santa Cruz a la vieja casa de Daniel. Ambos ancianos llevaban más de una década coincidiendo en un garito. Eran mayores, vivían solos, les gustaba el té y adoraban la lectura. Que se convirtieran en amigos era inevitable. El judío los recibió con aire famélico, en penumbra y ataviado con su inconfundible kipá. A Lisa le pareció un abuelo entrañable al que no sabía si dar la mano o achuchar como un peluche.

El pequeño salón se revelaba alumbrado por velas y el candelabro de bronce siete brazos. Todo en un caótico desorden, con libros y papeles acumulados por las esquinas. A Lisa le pareció que tenía aspecto siniestro; como si fuese el decorado de una película de terror en la que acechaba algún espíritu, agazapado entre las sombras.

–Thomas vino ayer tarde a verme. Espero que se recupere pronto. Me comentó delante de un té moruno que hoy vendrías, Julián. No sabía que acompañado, pero me alegra recibir una figura femenina. Mi mujer falleció hace varias décadas. Estas paredes han olvidado hasta su recuerdo. A mí me queda sólo esta casa, como una amante ingrata y despechada que la ilumina en mi mente entre moho y humedad, punzándome hasta las entrañas –recorrió la mirada por la habitación en penumbra–. Habéis venido a alimentar de nuevo el Árbol del Conocimiento. Tú ya lo hiciste una vez, Julián. Hoy he de advertiros que el paso que estáis a punto de dar es peligroso. Os puede llevar a lugares indeseados…

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Qart Hadash

Pocos veranos habían sido tan agradables, con temperaturas suaves de noches luminosas. Habían transcurrido quince años desde la destrucción de Saguntum y el posterior inicio de las hostilidades con Roma, y tres desde que Asdrúbal Barca había sido derrotado a orillas del río Metauro. Las tropas romanas lo decapitaron, colocaron la cabeza en un zurrón y la arrojaron al campamento de su hermano Aníbal. En el lejano templo de Melkart, al sur de sus dominios en Hispania, Aníbal, siendo un niño, había jurado odio eterno a Roma. Ahora, era innecesario. Su rencor era a sangre y espada.

La primera guerra púnica había durado veintitrés largos años. La segunda parecía ir por ese camino. Aníbal Barca recordaba cómo se había presentado ante los sorprendidos romanos atravesando la nevada cordillera de los Alpes y las traicioneras marismas etruscas. Había derrotado a las legiones a orillas de Tisino, de Trebia, del lago Trasimeno, y luego en Cannae, donde había masacrado a ocho legiones completas; setenta mi romanos muertos. El campo de batalla era un mar de sangre, cuerpos mutilados y putrefacción. A cambio, apenas seis mil bajas cartaginesas. Una victoria nunca vista que abriría paso a su leyenda.

Surus, su preciado y valiente elefante, había muerto hacía tiempo y su poderoso ejército era sólo un espejismo del pasado. Compuesto fundamentalmente por renegados itálicos y aliados celtas, apenas conservaba unos par de miles de númidas o experimentados íberos que habían hecho cenizas la supuesta invencibilidad de Roma. Pasaba largas noches de insomnio y, a pesar de la repugnancia que le provocaban los romanos, todo su odio apuntaba contra la avaricia y las intrigas del Consejo de Cartago, una oligarquía de personajes acaudalados que gobernaba la ciudad en su propio beneficio. Y, en el centro de la tormenta, Hannón el Grande, al que hacía responsable directo del derroche de medios y de hombres que Cartago había dilapidado en campañas inútiles durante tantos una década. Mientras eso sucedía, Aníbal permanecía varado en suelo italiano con los únicos refuerzos de las tribus y ciudades que se habían levantado contra el opresor romano. Podía tocar la victoria con la yema de sus dedos, aunque era una fruta que el Consejo de Cartago había dejado madurar y luego, pudrir. Esos diez largos años de campaña habían convertido al estratega en un hombre amado y venerado por sus soldados que lo habían seguido durante más de una década de campaña por fuego y hielo, sangre y muerte.

El ejército púnico estaba acampado muy cerca de la ciudad de Crotona, a orillas del curso superior del Neto y bajo la meseta montañosa de la Sila, territorio natural de sus aliados, el pueblo de los brucios. El campamento estaba fuertemente protegido con bloques de piedra, empalizadas y terraplenes de arena, además de una guardia permanente de ínsubros. La oscuridad estaba cubierta por un manto de silencio, sólo roto por un repentino aguacero primaveral. Un grupo de arqueros gatúlicos y de honderos baleares había llegado al centro del enfangado campamento, donde se encontraba la tienda del estratega. El grupo de infantería ligera traía consigo una patrulla de exploración romana que había capturado al pie de las montañas. Celtas con lanzas y un par de antorchas flanqueaban el acceso. Madunis descorrió la tela que cubría la entrada y se arrojó al suelo como un sumo sacerdote que se humilla ante la imagen de su Dios. El agua chorreaba por el pelo y la barba del guerrero balear. Dentro, junto al estratega, había varios de sus generales debatiendo acaloradamente. Sobre una mesa había vasos y escudillas con vino, judías, pan, carne asada y atún salado. La lluvia retumbaba contra la piel de buey que cubría la choza y la humedad del río Neto se filtraba hasta los huesos.

–Mi señor, hemos capturado una patrulla enemiga de exploración escondidos en una cueva al pie de una colina a mil pasos de aquí.

Aníbal levantó su mirada. Hacía tiempo que había perdido un ojo que cubría con un parche y el que le quedaba denotaba amargura y cansancio. Sobre él recaía todo el peso de un imperio en guerra. Se levantó, reavivó el fuego de la hoguera y agarró una jarra de estaño con vino, miel y unas ramitas de cinamomo.

–Primero bebe, mi fiel Madunis. Lo necesitas. Y luego tráeme a uno de esos follacabras.

[...]

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Roma

La inscripción en el grueso muro de piedra rezaba Clemens destructor templi, sempiterno recuerdo de la aniquilación de la Orden del Temple por parte del papa Clemente. Kelly no tenía dudas de que, en esa celda, algún caballero había probado las mieles amargas de la Inquisición. Los instrumentos de tortura del sótano no eran un simple objeto decorativo. El castillo de Krivoklat había sido construido en el año 1110 por la Orden del Temple sobre la colina Křivoklátsko, en una zona montañosa y boscosa a veinticuatro millas de Praga. Desde un diminuto ventanuco en lo alto de la imponente torre, Edward Kelly podía poco más que observar un corto tramo del río Berounka, sobre cuyo frondoso valle se erguía orgullosa la fortaleza.

Conocía las habladurías sobre su anterior encierro en la torre Daliborka de Praga. Se había propagado el rumor de que él había matado a un sirviente en un duelo a muerte; prohibido y penado con cárcel. Era falso, pero eso poco importaba. Era el mismísimo Rodolfo II quien lo quería entre rejas. Intentó escapar aprovechando las sombras de la noche. Construyó una improvisada cuerda con hebras arrancadas de las ropas de su propia cama; pero a mitad de camino, sobre el precipicio, la soga crujió y cayó sobre el foso. Huir, sangrando y con la pierna colgando, era inútil. Estuvo un tiempo con el convencimiento de que pronto sería ajusticiado, pero eso nunca ocurrió. En cambio, lo curaron con mimo y le amputaron la pierna. Con una tosca prótesis de madera y unas muletas, fue trasladado a la prisión actual, lejos de la ciudad de Praga y de los pocos amigos que lo apoyaban. Durante un tiempo, había culpado de su caída en desgracia a la poderosa familia Poppels, enemiga mortal de los Rosemberg. William Rosenberg llegó a ser virrey de Bohemia, al cual el rey le concedió la «Orden del Vellón de Oro», el mayor honor de los Habsburgo a un caballero, pese a ser católico en una corte protestante. Rico y poderoso, era protector y benefactor de John Dee y de él mismo.

Había sido en el lejano año de 1585, poco después de su llegada a la ciudad mágica, cuando Rodolfo II concedió una larga audiencia a Dee y Kelly durante la que mantuvieron una intensa conversación sobre filosofía hermeneútica y sobre la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto. Una obra alquímica que apasionaba a su colega Dee y al emperador por igual, pero Kelly, fanfarrón presumido, prometió concederle a Rodolfo II la fórmula de la piedra filosofal que le había sido concedida, según él, por el ángel Zadkiel. Gracias a esta promesa lanzada al viento obtuvieron grandes lujos, oro, y lo más importante, su favor y protección. Por desgracia, pasaron los días y la fórmula no llegaba a manos del emperador. Para colmo de males, en junio de 1586, durante una de sus frecuentes sesiones espirituales, John Dee pronosticó el ocaso del reinado de Rodolfo II, quien, al enterarse, en un arrebato de ira les prohibió la estancia en todo el reino checo. Fue entonces cuando intervino William Rosenberg, quien admiraba y creía fervientemente en la pareja de magos. Y tanto era su poder que, haciendo caso omiso a las órdenes de su emperador, los alojó en su castillo de Trebon, en Bohemia del Sur. Allí siguieron realizando sus experimentos durante dos años más, contando con el apoyo económico y militar de la familia Rosenberg, pero todo se torció por lides de cama. Era un secreto a voces el deseo que Kelly sentía por la mujer de Dee, Jane Fromond, una joven dotada de una limpia belleza a la que Dee sacaba veintitrés años. Kelly yacía con su mujer, pero fantaseaba con los muslos y los senos de Jane. En una sesión espiritual en 1587, Kelly informó a Dee de que el ángel Uriel había ordenado que los dos hombres debían compartir sus esposas. Dee no puso en duda el mensaje y accedió, pero desde entonces nunca volvió a ser el mismo. Amaba a Jane, tanto como le asqueaba Kelly, al que soportaba por su papel indispensable de mediador con el reino celestial. Además, su estrella como mago y alquimista decaía a la misma velocidad que ascendía la fama del segundo. No sólo compartía lecho con su esposa, sino que le había robado sus secretos alquímicos.

A finales de 1588, John Dee, un anciano canoso y apagado de sesenta y un años, regaló a William Rosenberg sus bienes más preciados: el espejo negro de obsidiana, el Sigillum Dei Aemaeth y el manuscrito al que Dee profesaba mayor amor que a su propia vida. Le dio instrucciones precisas de mantener sus talismanes de poder alejados de las garras de Kelly. Sin ellos, pensaba que su poder se desvanecería. Achacoso, pero alegre por alejar a Jane de las manos sebosas y del insaciable apetito sexual de su socio, abandonó la corte junto a Jane y dos sirvientes hacia Inglaterra a principios del año 1589.

Curiosamente, tras abandonar Dee la corte, Rodolfo II otorgó inmediatamente a Edward Kelly el título de Eques auratus y más dinero. Todo era una trampa. El emperador no quería que siguiera el camino de su socio y regresara a Londres. Deseaba mantenerlo cerca como quien ceba a una ternera joven a la espera del sacrificio. Y su momento llegó pocos días después de la desaparición de su benefactor. William Rosenberg moriría de tuberculosis el 31 de agosto de 1592. Las tropas entraron en el castillo de Trebon en septiembre de 1592 y lo apresaron, trasladándolo a la torre Daliborka. Repentinamente, la vida se había vuelto oscura. El emperador acudió a la torre y le exigió el secreto de los «polvos de proyección», que Kelly no podía suministrarle. Esa tarde fue su última oportunidad para regresar al mundo de los vivos.

[...]

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La puerta de Dios

De todos era conocido el odio atroz que Rodolfo II sentía hacia su hermano Matías. Con el apoyo de protestantes luteranos le había arrebatado el trono de Hungría, Austria y Moravia en 1608. Un año después firmó a regañadientes la Carta Majestad, concediendo tolerancia religiosa a los ciudadanos que vivían en las tierras de la corona de Bohemia; el único territorio sobre el que gobernaba. Su título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico era pomposo y rimbombante, pero su imperio era sólo un dibujo en el papel.

Rodolfo II odiaba más a su hermano que a los protestantes. Por ello había urdido el plan de buscar una esposa de alta alcurnia y de religión luterana o bien, llegar a un acuerdo con los protestantes de la Liga Evangélica; todo con tal de hacer fracasar las expectativas de Matías de arrebatarle su título imperial. Fue un fracaso. Habiendo perdido todo el control político y bajo la manipulación de su círculo más cercano, puso su destino en manos de su joven primo Leopoldo y de unos miles de mercenarios con los que pretendía recuperar el poder. Las tropas de Leopoldo entraron en la ciudad dorada arrasando la Judería y la Ciudad Vieja. La milicia de Praga los bloqueó en el puente de Carlos, lo que impidió al aún emperador apoderarse de las zonas que estaban al otro lado del río Moldava. El hermano de Rodolfo, Matías, abandonó Viena y tras reclutar tropas en Austria entró en Praga dos semanas después al mando de una hueste de dieciocho mil infantes para restablecer el orden perdido. Con el apoyo de España, firmó un acuerdo que salvó la dignidad de Rodolfo II, conservando un título tan pomposo como inútil junto a una raquítica pensión vitalicia, aunque no los restos de su imperio. Tuvo que abdicar. Matías le permitió quedarse en el Castillo de Praga. Por fin obtuvo la soledad que tanto deseaba, aunque fuese durante sus últimos hálitos de vida.

Al nuevo rey de Bohemia le importaba un bledo las matemáticas, la astronomía o las artes. Una legión de científicos, artistas y nigromantes abandonaban sus hogares a cuentagotas y los laboratorios alquímicos quedaban vacíos de vida. Praga era una ciudad apagada y gris, impregnada de un luto cósmico. Amanecía como una taciturna secuela de pasados esplendores y de secretos ocultos. La época más vibrante del conocimiento se deshacía en el halo de una estrella fugaz. Nunca más en la memoria de la historia brillará una segunda Praga.

Eusebio de Pernestán observaba al emperador, que ahora dormía entre pesadillas febriles llenas de alucinaciones, ataques de pánico y trastornos obsesivos. Sabía que comía sólo. e hacía servir por el mismo mayordomo, siempre en el mismo plato y en el mismo rincón. Sólo retenía un puñado de guardarropías y palafreneros a su servicio. El resto lo habían abandonado con el peso de una deuda de más de dos millones de florines. La cámara real ya no estaba ricamente damasquinada ni contenía joyas ni riquezas. Las habían robado todas. Bajo un dosel decorado con penachos de plumas, Rodolfo II respiraba agitadamente, oculto por una colcha de terciopelo llena de sudoración y evacuaciones. A su lado, una sencilla mesita de noche estaba alumbrada por la osca luz de una vela bajo la que se ocultaba un bacín de porcelana repleto de excrementos. Las ventanas permanecían cerradas y había botes, orinales y utensilios de todo tipo. Los saquitos de tela con flores de azahar y naranja quedaban apagados por el olor nauseabundo a excrementos y carne putrefacta. Eusebio depositó su regalo en la mesita a la luz de la vela: una primera edición del texto griego del Corpus Hermeticum, acompañada de la traducción latina de Marsilio Ficino. A pesar de que circulan voces que aseguraban su muerte y que hacía semanas que no acudía al jardín a contemplar sus setos de tulipanes, Rodolfo permanecía todavía en el mundo de los vivos.

–Ni por el oratorio aparece su sombra. No desea la asistencia de ningún sacerdote y siente pánico hacia Dios y los sacramentos. Las disposiciones son en extremo malolientes. Ya nadie lo muda de ropa ni se le lava. La miseria invade su cuerpo. Se muere.

Michael Maier era su médico personal y gozaba de la confianza de Rodolfo. Se levantó y retiró el vendaje de la rodilla derecha mientras hablaba, hinchada y abierta por la gangrena. Las sábanas se impregnaron de supuraciones. De los lomos y la espalda se le desprendía la piel y la carne. Los parásitos devoraban su piel y la gangrena las llagas.

–El emperador se muere. Los unguentos, las lavativas o las sangrías no dan mejores resultados que las purgas –prosiguió Michael–. A veces se despierta y permanece ansioso y atormentado, aunque a veces recubre la lucidez entre vapores, cefaleas y vómitos. En otras ocasiones permanece medio sonámbulo, sufriendo de humor melancólico.

Rodolfo abrió los párpados y miró a su alrededor con ojos inyectados en sangre. –Eusebio, ¿eres tú o sólo eres un fruto de mi imaginación? ¿Acaso el asilo de infamias en que se ha convertido esta urbe me juega una mala pasada?

–Soy yo, majestad. Soy portador de buenas noticias.

–¿Buenas nuevas? ¿Y quién es este arquiatre que escudriña el cuerpo del rey?

–Soy Michael, mi Señor. Su médico.

–¿Qué Michael? ¡No te reconozco! ¡Abandona mis aposentos o llamaré a mi guardia imperial para que te cuelgue de la Torre Blanca como al resto de charlatanes y mequetrefes!¡Eusebio, te nombro Margrave del castillo de Český Krumlov! ¡Echa a ese unguentario de mi lado! Ahora proporcióname bezoares de mi fiel alquimista Sethon o el Aqua Vitae que Tycho Brahe me recomendó y que debe estar en algún lugar. ¡Rápido!

–Se pasa el día dando títulos rimbombantes al personal de servicio –murmuró azorado Michael–. Háblele mientras intento realizarle una cataplasma en su pierna. Necesito que lo distraiga o no me permitirá sanearle las heridas.

–Mi Señor –prosiguió Eusebio –, su hija Ana Dorotea de Austria nació ayer con una salud inmejorable. Su madre, Catalina Strada, también se encuentra sana y salva. Le transmiten sus mejores deseos de pronta recuperación.

–¿Recuperación? –Rodolfo empezó a toser entre guturales carcajadas–. ¿Mi amante cuyo goce he efectuado a hurtadillas? ¡Que venga y proporcione su sangre sana y joven para una lavativa! ¿Aún sigue aquí este apestoso arquiatre?

Eusebio conocía la aversión de Rodolfo a tener un hijo legítimo debido al temor a que lo derrocara. Creía firmemente en los secretos del universo desvelados en cucúrbitas y horóscopos. Y ese, era uno de ellos. Mientras, Michael le había aplicado compresas empapadas en una mezcla de hojas de remolacha y uña de caballo y escaldadas en vino tinto astringente que había aplicado abundantemente tanto en las llagas de la pierna como en sus contornos.

–Majestad, es conveniente que mantenga la extremidad gangrenada lo más elevada posible.

–¿Y mi león? ¿Y mis dos águilas imperiales negras? ¿Siguen vivas?

–Sí, mi Señor. Están bien cuidadas. Acabo de verlos en el estanque junto al Foso del Ciervo –respondió Eusebio. Era mentira, pero Tycho Brahe predijo también en su horóscopo que a la muerte de sus animales, seguiría la del propio emperador. Causarle más zozobra era innecesario.

–Todo el mundo desea mi muerte: mi pérfido hermano, la Dieta imperial, Catalina… incluso vosotros. ¡Sólo queréis mis riquezas! Primero, te ordeno que cambies el nombre de esta villa. De ahora en adelante será conocida como «La Ciudad de Rodolfo». Así debe ser pregonado a los cuatro vientos. ¡Y deseo ir ahora mismo a mi Kunstkammer! ¿Dónde están los botarates de mis ujieres? Ayer les di el título de capitanes de mi guardia a esos moharrachos y hoy, aún no han aparecido. ¡Mentecatos! ¡He sido castigado por las impudicias de mi mocedad! Soy un réprobo. Mi vida está maldita y me espera la condena eterna. ¿Dónde están Dee y Kelly? ¡Eusebio!, como nuevo Margrave te ordeno su detención y encierro en las mazmorras del castillo de Český Krumlov hasta que te proporcionen el secreto de la vida eterna. He dilapidado mis riquezas en alquimistas charlatanes y vendedores de humo. ¿Dónde está mi copa de ágata negra? ¿Mi hediondo hermano sigue vivo?

Rodolfo vio en el espejo de la chimenea a dos lacayos del servicio de cámara que entraban en la cámara real llorando desconsoladamente y susurrando la oración de los moribundos. En ese instante, su mente aterrizó de sus delirios y fue consciente de la triste realidad que lo rodeaba en sus últimos momentos maniformes.

–Que alguien abra alguna ventana, por favor… Por favor. Deseo oír el el violín y los tambores de los músicos trashumantes o el canto a deshora de algún gallo del vecindario, aunque Praga sea un consistorio de la impudicia ¿Y ese apestoso engendro que tengo como hermano? ¿Ya se prepara para su próxima coronación como emperador?

–Matías está ocupado con el caso de Erzsébet Báthory, Majestad. Había rumores siniestros rodeando el castillo de Čachtice desde hacía muchas lunas. Un pastor protestante ha narrado que la condesa practica la magia negra para mantenerse eternamente joven, para lo que se sirve la sangre de muchachas jóvenes. Las tropas del conde palatino entraron en el castillo encontrando docenas de muchachas torturadas en distintos estados de desangrado y cientos de cadáveres por los alrededores. Las colgaba en las alturas por los brazos, vivas y desnudas. Luego las abría en canal y se colocaba bajo sus cuerpos, bañándose en su sangre mientras las desdichadas se retorcían de dolor. Ella y sus colaboradores están encarcelados a la espera de juicio por brujería. Padece de locura narcisista, de fobia a la vejez y persigue de manera delirante una palidez de piel que haría envidiar a la misma Luna. Matías quiere emparedarla viva y de camino, hacerse con sus bienes y dominios.

–Sus crímenes eran conocidos por sus damas de compañía –interrumpió Michel–, por todos los habitantes de ese castillo, por los monjes agustinos que compartían asustada vecindad e incluso en los castillos de los Pequeños Cárpatos. Todos miraban hacia otro lado.

–La eterna juventud… –murmuró Rodolfo–. Mi ansiada inmortalidad. ¿Cuál es el libro que veo sobre la mesita?

–Es una edición del Corpus Hermeticum en griego y latín –respondió Eusebio colocándolo entre sus manos–. Espero que sea de su agrado.

Rodolfo no tenía fuerzas ni para abrir el libro. El dolor que sentía era indescriptible. Dios no podía hacerle pasar por ese infierno. Su fe lo abandonaba entre vómitos y espasmos.

–Mi fiel Eusebio; Matías ama Viena. Abandonará esta ciudad ingrata en cuanto le sea posible. En cuanto eso ocurra, debes entrar en mi Cámara de las maravillas. En la sala donde cuelga la pintura de la Via Láctea,

deberás buscar en una vitrina una cajita de nácar que contiene láminas de lapislázuli. Contando desde la cajita dos estanterías hacia arriba y cuatro libros a la derecha, hallarás un manuscrito pobremente encuadernado y escrito en un idioma que jamás podrás entender. Mi última voluntad, y el mayor de mis deseos, es que lo hagas llegar a Jacobus Horčický de Tepenec. Es el responsable de la farmacia real y el inventor del Aqua-Sinapius que tanto bien me ha proporcionado.

Jacobus resucitó de una grave enfermedad a Rodolfo II en 1608 y este, en recompensa, lo elevó a la nobleza menor y le permitió llamarse a sí mismo «de Tepenec». Su tónico, un menjunje que decía curarlo todo y con el que había hecho una gran fortuna, hacía tiempo que había dejado de causar efectos positivos en el emperador.

–¡Promételo! –chilló Rodolfo II con ojos desorbitados–. ¡El sabrá qué hacer…! Contemplo velas encendidas sobre el catafalco de un cadáver y un sendero iluminado que sube al infinito...

–Pongo a Dios nuestro Señor por testigo…

No pudo acabar su promesa. Su rey empezaba a temblar; chillando y realizando deposiciones. Su mente se apagaba dejando atrás su pasado de deseos y esperanzas marchitas.

Rodolfo II, falleció al día siguiente, en la mañana del 20 de enero de 1612, pobre, rodeado de excrementos y abandonado por todos. Su hermano se negó a ver su cadáver temiendo una influencia satánica. El emperador partió con un infinito rencor hacia este mundo.

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Sobre el autor

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El autor es licenciado en matemáticas y economía y compagina su labor de docente con el mundo del libro. Aparte de haber publicado su segunda obra, ha regentado una librería de viejo durante unos años (Rerum Libri). Fue también el creador del proyecto "Liberlia" (ya desaparecido), además del creador de la Asociación de Bibliófilos y Amantes del Libro Antiguo de España (Incunabula). Su web todolibroantiguo.es es la principal fuente de referencia del libro antiguo en castellano.

Nombre (seudónimo):

Javier Romansanta

Born:

29. 07. 1969

Ciudad:

Cádiz

Email:

romasantaescritor@gmail.com

Intereses:

Mundo del libro, criptografía, inteligencia artificial, etc.

Dirección

San Fernando (Cádiz). España

Otros libros del autor:

Yo soy nadie

Prólogo

Prólogo

Son las primeras horas del amanecer de una fría y húmeda mañana de otoño, típica del norte de Francia. Rompiendo el silencio, un carruaje recorre las estrechas y sinuosas calles que, con una ligera pendiente, confluyen en dirección al puerto. Tirado por dos caballos de brillante color negro azabache, ha de frenar su marcha para poder atravesar el estrecho arco de la antigua iglesia gótica de Saint Jacques. En ese momento, un hombre de poblada barba y oronda figura, asoma tímidamente su cabeza por la ventanilla para contemplar la magnífica fachada de dameros de pedernal y piedra arenisca, que dan al conjunto un aspecto único. —Tenga cuidado señor, el arco es sumamente estrecho —advierte el cochero.

Ocultándose de nuevo en la oscuridad del carruaje, observa cómo por fin, la calle se abre al puerto de Le Tréport, antigua ciudad pesquera situada en la zona de la Alta Normandía.

Jacques-François Conseil es un hombre corpulento, de mediana estatura y entrado en carnes, de barba entrecana y bigote torneado. Viste un elegante gabán negro y sombrero de copa. Tras apearse del carruaje, camina con paso decidido hacia el muelle, donde le espera una comitiva formada por media docena de personas, entre los que se encuentran varios componentes del ayuntamiento local y altos representantes de la Academia Nacional de Artes y Manufacturas. Sin prestarles la más mínima atención, aprieta el paso hasta el embarcadero. Camuflado entre varias docenas de pequeños barcos pesqueros a vela, aparece ante su vista un pequeño artilugio de aspecto alargado y casco de madera, que durante varios días ha despertado la curiosidad de los habitantes del pequeño pueblo costero. Junto a él, permanece erguido un joven delgado y de baja estatura.

—¿Está todo listo, André?

—Sí, señor Conseil. He ultimado personalmente todos los detalles de la inmersión. Está todo preparado.

—Pues adelante. No pierdas un solo minuto.

Jacques-Francois se encuentra visiblemente inquieto. Era la consumación de más de cinco años de duro trabajo. Conocía las evidentes mejoras con respecto a otros sumergibles anteriores: el tanque de aire comprimido; los depósitos de agua que podrían vaciarse o llenarse mediante un ingenioso sistema de timones horizontales o la hélice manual que proporcionaba cierto desplazamiento bajo el mar. Pero también sabía que nada de eso era garantía de éxito. André se coloca el casco de buceo que le suministraba aire desde el interior del sumergible y se adentra por una pequeña escotilla. Pasados unos minutos, la nave empieza a hundirse pesadamente en el mar. A su alrededor, minúsculas burbujas de aire emergen hacia la superficie.

“Todo va bien” —piensa Conseil—. “Respira con normalidad”.

En torno a él, la comitiva, junto con unas docenas de vecinos, se acercan expectantes.

—¿Cuánto tiempo estará ahí abajo Monsieur Conseil? —pregunta el alcalde.

—Debe sumergirse al menos a diez metros y probar el funcionamiento de la hélice. El oxígeno no durará mucho más de cuarenta y cinco minutos. Deberá emerger antes.

Tras desaparecer bajo las aguas, el nerviosismo de los allí presentes es más que evidente. Conseil intenta mitigar su inquietud recorriendo con paso firme, el puerto de Le Tréport de extremo a extremo. Al fondo, en el espigón que conduce hasta el faro, un reducido grupo de personas que se cobijan del intenso frío de la mañana, permanecen expectantes, observando toda la escena en la distancia. El pequeño puerto de Le Tréport, aparece dominado en las alturas por la iglesia de Saint Jacques, un edificio gótico construido sobre una colina. Debajo, aparecen varias filas paralelas de casas en piedra con bellos balcones de hierro fundido. Finalmente, y ya a nivel del puerto, los comerciantes disponen de pequeñas construcciones de madera donde venden su pescado que, debido al intenso frío de la mañana, aparecen hoy prácticamente desiertas.

Los minutos pasan y la inquietud es palpable en el ambiente. El silencio se impone y tan solo es interrumpido por el graznido de las gaviotas y por los pescadores que descargan ajetreadamente la faena en el muelle, ajenos al importante acontecimiento que estaba teniendo lugar tan solo a escasos metros de ellos. Finalmente alguien grita… ¡Allí, allí se ve algo! ¡Allí! A unos doscientos metros de donde el sumergible comenzó la inmersión y en dirección a la bocana del puerto, la nave diseñada por Jacques-François Conseil comienza lentamente a emerger vaciando los tanques de agua que le sirven como lastre. Tras unos instantes, la escotilla se abre y aparece exultante el rostro de André, que aún enfundado en su casco de buceo, saluda enérgicamente con la mano. Todos los allí presentes aplauden y se acercan a Conseil para felicitarle. Su rostro, antes tenso y malhumorado, se ha tornado en felicidad y alegría.

—¡Lo he conseguido! ¡Por fin lo he conseguido! —gritó— ¡El Pilot navega

Alfa

Alfa

Querido maestro Hetzel: Me alegra enormemente conocer que la última entrega de mis Viajes extraordinarios haya sido un éxito tan fulminante. Estoy desarrollando nuevas ideas para seguir con la serie de relatos que completarán la obra. En la actualidad, estoy centrado en mi “Viaje bajo el mar”. Como ya le comenté en una carta anterior, fue mi amiga, la también escritora George Sand, quien me proporcionó la gran idea. Ya tengo pensado quiénes pueden ser los personajes y la posible trama del libro. Mi hermano Paul y yo vamos a trabajar en el mecanismo del submarino. Creo que vamos a utilizar la electricidad como medio de propulsión, pero aún no hay nada decidido hasta la fecha.

Se me ha ocurrido una buena idea que tiene su origen en el tema mismo de la obra. Me refiero al capitán, que será el personaje principal. He pensado que este desconocido ha perdido todo contacto con la humanidad, de la que se ha retirado. Ya nunca está en la superficie, ha renunciado a la tierra. El mar le basta; pero a la vez el mar debe proveerlo de todo, de ropa, alimento…de todo lo que pueda necesitar. El resto de personajes se basarán en individuos que están de una u otra manera, cercanos a mí.

¡Mi querido Hetzel! Si me falla este libro, nada podrá consolarme. Nunca antes había tenido entre manos un tema mejor. Con afecto, Jules.

Pérdida

Pérdida

La Exposición Universal de París del año 1867.

Por Benito Pérez Galdós.

No viene mal en esta ocasión un recuerdo para la Exposición de 1867; el tiempo transcurrido desde tal fecha no ha borrado de mi memoria los esplendores de aquellos días que eran los más brillantes del segundo imperio. Al aproximarse el verano del sesenta y siete pude acudir a París a ver la Exposición Universal, el acontecimiento culminante de aquel año. iOh sopresa del Destino en la vida de las criaturas! ¡Ora sean estas hombres bárbaros, ora muchachos imberbes! Parecía un sueño, un cuento de hadas, verme yo transportado a París, la metrópoli del mundo civilizado. Partí en tren un caluroso día de agosto del año 1867. Al anochecer del día siguiente vieron que, a un lado y otro del tren en marcha se iniciaba la aglomeración de alegres pueblecillos, de granjas admirables, de quintas escondidas entre bosques espesos; vieron la muchedumbre de fábricas y talleres con sus chimeneas humeantes, las estaciones de una y otra línea transversal, los edículos y almacenes, los gasómetros, el sinfín de construcciones que anuncian la vida industriosa y opulenta de una gran metrópoli. Era ya noche cerrada. Yo miraba con avidez por encima de las filas de vagones parados, máquinas y objetos mil de intensa negrura, y veía un extenso y vivo resplandor que invadía gran parte del cielo... 'Es París —exclamó un viajero—. Parece que arde'. Y risueña, radiante de alegría, respondióle su compañera: “No es incendio, es claridad”.

Estoy bien seguro de que en este momento la preocupación de todas las naciones, el pensamiento de todos aquellos que gustan o desean viajar, ver tierras, recorrer el mundo, es París, la capital de Europa, sus calles, sus plazas, sus monumentos, su aspecto. ¿Quién dejará de ver esta ciudad, que desde los primeros días de la primavera encerrara representantes de todas las naciones, ejemplares de todas las razas? Devorado por febril curiosidad, en París pasaba yo el día entero calle arriba, calle abajo, en compañía de un plano, estudiando las vías de aquella inmensa urbe, admírando la muchedumbre de sus monumentos, confundido entre el gentío cosmopolita que por todas partes bullía. A la semana de este ajetreo ya conocía París como si este fuera un Madrid diez veces mayor. Aprovechaba mi tiempo tan metódicamente, que en pocos días di rápidos vistazos a las salas del Louvre, a Cluny, a los Inválidos, al bosque de Bolonia; subí al Arco de la Estrella, a la Columna de Vendome, al Pozo artesiano de Grenelle, alternando este recreo instructivo con las visitas a la Exposición.

La Exposición se celebraba en el Campo de Marte. El edificio único, con su combinación acertadísirna de galerías elípticas y radiadas, era en verdad grandioso. Cincuenta mil expositores venidos de todos los recónditos lugares del planeta y de las más lejanas y exóticas colonias del inmenso imperio francés. No se vilumbraba en aquel tiempo la caída del coloso, y más fácil era contemplar su cabeza que descubrir la frugalidad de sus pies de barro.

Aunque nos dé rubor el confesarlo, hicimos papel muy triste en el gran concierto universal de 1867. En la sección de Industria principalmente, el nombre español quedó bastante malparado, y en Ia de Productos agrícolas y químicos, donde con tanta ventaja podíamos habernos presentado, hicimos poco, más que por falta de objetos, por sobra de ignorancia y descuido. Su industria no hubiera nunca llamado grandemente la atención; pero en cambio, sus materias primas, sus materiales de artes liberales, sus objetos de historia del trabajo hubieran podido, si no rivalizar absolutamente con otros países, sostener sin embargo el nombre que debe tener como nación inteligente y activa.

Si he de decir la verdad, la Exposición me mareaba, me aturdía, y siempre salía de allí con dolor de cabeza. Pero pude ver novedades brillantes, como el ascensor hidráulico de Léon Edoux o el acuario, donde un buceador estuvo varias horas sumergido bajo el agua. Sin duda, una de las atracciones más llamativas para mi gusto, fue la presentación del submarino Plongeur, del capitán Siméon Bourgeoisque. El primero de su tipo en ser propulsado por energía mecánica en lugar de humana. ¡Oh maravillas de la ciencia! El navío causó la admiración de propios y extraños. El mismísimo escritor Julio Verne, autor de obras tan conocidas como Cinco semanas en globo o Viaje al centro de la tierra, al que tanto admiro y con el que tuve el gusto de compartir profusas charlas de café durante mi estancia en París, exclamó al contemplarlo: “En un futuro cercano, los secretos del mundo submarino se desvelarán nítidamente ante nuestros ojos. Estamos en la antesala de los grandes descubrimientos del siglo veinte”. Ninguna otra ciudad del mundo posee los atractivos, el gancho, digámoslo así, de la gran Lutecia, la actual París, igualmente seductora con la República que con el imperio. Lo mismo agasaja a los reyes que a los tribunos, y cuando da estas solemnes recepciones en que invita a todas las naciones, centuplica sus amabilidades, se hermosea, se excede a sí misma, y sus huéspedes, al despedirse, salen encantados, deseando ser invitados nuevamente.

Nemo

Nemo

26 de octubre de 1868.

Reinado de Luis XV. París, Francia.

Era una noche oscura, sin estrellas. El viento gélido y la lluvia, azotaban con fuerza los balcones que recorrían el Pont Neuf, un robusto puente de piedra en el centro de París y lugar predilecto de maleantes, curanderos y sacamuelas. Los escasos comerciantes que aún quedaban, bajaban nerviosos los cierres de sus viejas casetas de madera. Las ventas habían sido hoy muy escasas; no en vano eran las últimas horas de la tarde de un oscuro día de otoño en París y nadie parecía poder o querer cruzar esa tarde el río Sena ya fuese en uno u otro sentido. Sin embargo, una figura de complexión recia, barba pronunciada y cubierto con un sencillo abrigo oscuro, se aventuraba por el puente mientras agarraba con fuerza su sombrero, protegiéndolo de la fuerza del viento. A su derecha, la silueta de la Catedral de Notre Dame daba al conjunto un aspecto fantasmagórico. Tras unos minutos, la figura se encaminó a su destino, Rue Jacob. Era una sencilla y estrecha calle de piedra, flanqueada por pisos de varias alturas, de altos y estrechos ventanales y no muy alejada del puente que acababa de cruzar hacía unos minutos. Al llegar al número veintiséis, giró momentáneamente la cabeza hacia la entrada de la casa donde vivía su amigo Alexandre. Tal y como esperaba, no vio señales de vida en el interior. Finalmente, recorrió los últimos metros que le separaban de su destino, el número dieciocho de la misma calle. Un pequeño anuncio en madera junto a la puerta la diferenciaba del resto:

Hetzel abrió la puerta y se reconfortó con el acogedor calor de la chimenea. Soltó el abrigo y el sombrero mientras dedicaba a Alexandre una amplia sonrisa.

— Por fin has llegado, estaba preocupado,

Ambos eran amigos desde hacía unos años, cuando Alexandre se involucró en el proyecto de Heztel. Él era la compañía a la que refería el cartel sobre la puerta.

—¿Ha llegado ya?

—Sí, te espera en tu oficina. Y no viene de buen humor.

Hetzel abrió la puerta que separaba el pequeño salón dedicado a despacho del resto de instalaciones del taller. Sentado en una silla, lo contemplaba un rostro de perfil afilado y pronunciada barbilla. A pesar de haber entrado recientemente en la cuarentena, las canas ya poblaban tupidamente su cabello y su barba. Sin duda, era de las personas que no pasan desapercibidas.

— Hace rato que te esperaba —dijo mientras clavaba en él su mirada.

—Lo siento, Jules, he tenido un pequeño contratiempo.

A pesar de que se conocían desde hacía casi siete años y de la admiración mutua que se profesaban, su relación no era del todo fácil. Anteriormente, Hetzel había decidido dejar de un lado la convulsa vida política y había vuelto a París hacía ahora justo diez años, gracias a una amnistía concedida por Napoleón III para poder centrarse finalmente en lo que realmente le gustaba, que no era otra cosa que publicar libros. Unos años antes, en 1862, cayó en sus manos la obra de un perfecto desconocido, Viaje por Inglaterra y Escocia, de un tal Jules Verne, que rechazó inmediatamente. Sin embargo, ese mismo año todo cambió cuando le llevó Cinco semanas en globo, que sí contó con su aprobación, publicando dos tiradas de mil ejemplares en 1863. Fue un éxito inmediato y Hetzel concibió las obras de este prometedor escritor como una máquina de hacer dinero. Primero serían publicadas en revistas, posteriormente en edición comercial, a continuación en ediciones ilustradas y finalmente, si las ventas seguían, una edición final de lujo. La gallina de los huevos de oro. No hacía ni tres años que habían firmado un contrato por el que Verne se comprometía a escribir tres novelas anuales a cambio de un sueldo mensual de unos setecientos cincuenta francos. Ello lo convertía en un escritor profesional, que en definitiva era su sueño, y de camino obtenía el agradecimiento eterno del escritor.

—¡No! ¡No pienso cambiar el final de la obra! —exclamó Verne súbitamente dando un fuerte golpe sobre la mesa—.

¡Lo del barco hundido quizás!, ¡pero solo quizás! Comprendo tus objeciones por el público adolescente, pero has de entender lo que busco con ello. Tampoco entiendo que quieras publicar un tercer libro. ¿No tienes bastante con dos? ¿Qué un invitado se escape? ¿Qué salve unos cuantos niñatos chinos de los piratas? ¿Solo te importa ganar más dinero?

Hetzel conocía el carácter de Verne y sabía que no debía enfrentarse a él porque eran totalmente incompatibles.

—Cálmate, Jules. Tú eres el escritor, pero yo soy el editor y también debo y puedo opinar sobre tus libros. No en vano, mi nombre aparece también en la portada junto al tuyo.

El enfado de Verne iba en aumento. Sabía que él también se jugaba su dinero y prestigio, pero escribir libros era su trabajo. Igual que el escritor no se inmiscuye en lo que hace su editor, tampoco podía permitir que Hetzel le dijera cómo debía escribir sus novelas.

—He venido porque tenía que acabar con la venta de mi casa de Auteuil —prosiguió Verne—. Creo que no debería haberte visitado, a pesar de que te lo prometí.

—De acuerdo, negociemos. No cambies nada de lo que te he dicho, lo acepto. Pero… ¡No puedo admitir un personaje tan oscuro y siniestro como el capitán Nemo! —ahora era Hetzel quien daba un enérgico golpe encima de la mesa. —¿Cómo?… ¿Qué cambie a Nemo? ¿Estás loco?

—Sí, Jules. Nemo no solo da miedo, sino que además es un asesino. Es un personaje solitario, casi inhumano que se refugia de todo el mundo que le rodea. ¿Qué pretendes con ello? No puedo tolerar que una parte importante de nuestros lectores se lleven esa imagen del protagonista de la obra. ¡No puedo permitirlo y no lo permitiré!

Verne clavó sus ojos en él y se levantó con el puño en alto en señal de amenaza.

—¡Estás loco! ¿Nemo, un asesino? ¡Nemo se limita a defenderse de los ataques que dirigen contra él! ¡No has entendido nada de la obra! ¡Para mí Nemo es casi un dios! ¿No te has parado a pensar por qué le puse ese nombre, Nemo? ¡En latín, como bien sabrás, significa nadie! ¡Nadie puede decirme cómo deben ser mis personajes! ¡Jamás cambiaré nada! ¡Jamás! ¡Que te quede muy claro, Pierre-Jules Hetzel! Mientras pronunciaba estas palabras se dirigió hacia la puerta de la oficina cerrándola tras él con un sonoro portazo. Hetzel pudo oír a su invitado andar apresuradamente, a la vez que pronunciaba sus últimas frases antes de abandonar la oficina…

¡Este ignorante no comprende nada del libro! ¡Yo soy Nemo! ¡Yo soy nadie!

Química

Química

8 de enero de 1868.

Reinado de Luis XV. París, Francia.

La habitación estaba en penumbras, iluminada por una pareja de candiles y la tenue llama de la chimenea. Por la ventana, la luz de una farola de gas, se confundía con las gotas de lluvia que caían zigzageando en forma de hilos sobre el cristal, empujados por la fuerza del viento. “Cada casa, tiene su lluvia” —pensó José Gaspar Maristany contemplando la copa de vino que Hetzel le había ofrecido y que sostenía en su mano.

—Este vino es excelente. ¿Es un Borgoña, quizás?

—Querido amigo Gaspar. Ese vino es infame. Está usted tomando un Burdeos, concretamente un Château Cheval Blanc —dijo Hetzel mostrando un claro signo de desaprobación—. La filoxera está haciendo mucho daño pero, gracias a Louis Pasteur y los secretos de la fermentación alcohólica, nuestro país está obteniendo ahora los mejores caldos de la historia. La copa que sostiene en su mano ganó la exposición universal de Londres de 1862 y, la más reciente, celebrada aquí mismo, en París, el pasado año. Estamos en una época maravillosa. En esa exposición pudimos disfrutar de descubrimientos increíbles. Pronto veremos al hombre volar sobre las nubes y navegar bajo las aguas de un continente a otro. Podremos comunicarnos instantáneamente a miles de kilómetros de distancia tal y como lo estamos haciendo ahora usted y yo. Quién sabe… igual nuestros nietos podrán vivir hasta los cien o doscientos años. El único Dios al que nuestros descendientes rendirán pleitesía será al Dios de la ciencia. Y gente como Pasteur, Newton o Flammarion, serán sus arcángeles.

—Ya están listas las copias del contrato —dijo Alexandre entrando por la puerta y mostrando un puñado de documentos en la mano.

José Gaspar Maristany y José Roig Oliveras estaban agotados. Habían estado horas negociando el contrato con Hetzel. Ambos estaban deseando firmar y retirarse a descansar en su pensión parisina. Al alba, partirían de vuelta a Madrid.

—Bien —dijo Alexandre—. En el contrato aparece reflejado todo lo que hemos acordado. Comenzarán publicando Cinco semanas en globo así como la primera parte de Los hijos del Capitán Grant. Tenemos una copia de los manuscritos que podrán llevarse hoy mismo. Las obras serán publicadas después de que nosotros lo hagamos en Francia, evidentemente. Tendrán ustedes la última palabra para decidir si publican el libro en algún periódico español antes de de hacerlo por completo en un solo volumen, pero obligatoriamente, deberán respetar la publicación en tantas partes como se haga aquí. Así, Cinco semanas en globo se publicará en un solo tomo pero, Los hijos del Capitán Grant, será en tres partes. La cuestión económica está claramente especificada tal y como hemos acordado.

—Jules Verne es un magnífico escritor —intervino Hetzel—. Es el mejor que ha pasado por mis manos y está trabajando en un libro sobre viajes bajo el mar que sin duda, será un éxito planetario. Se han apuntado ustedes a un caballo ganador, señores. Serán los editores exclusivos en España y ganarán mucho dinero publicando sus obras. Y les aseguro que serán muchas. Bienvenidos a bordo.

Ambos impresores estamparon sus firmas sobre las dos copias del contrato. Se despidieron afectuosamente de Alexandre y Hetzel, se colocaron sus abrigos, guantes y bufandas de cachemira y se dispusieron a enfrentarse a la fría noche parisina.

—Es el contrato más prometedor que hemos conseguido —dijo José Gaspar una vez estaba seguro en la calle, lejos del alcance de sus anfitriones—. Es lo que hemos estado esperando todos estos años. Tendremos la primicia de un escritor que promete ser de la talla de Jane Austen o Edgar Allan Poe. Y seremos nosotros los encargados de inundar las librerías de España con nuestras ediciones. Seamos cautos.

—Lo seremos. Y ahora, vayamos con diligencia a la pensión. Solo nos separan varias calles y la lluvia aprieta. Estoy deseando cenar algo y volver pronto con mi mujer e hijos. El frío cala hasta los huesos. París puede exorcizar muchos fantasmas pero también es capaz de invocar a todo tipo de demonios. No pienso volver a pisar esta maldita ciudad en bastante tiempo.

Polavieja

Polavieja

21 de octubre de 1867.

Thionville, Francia. Frontera con Alemania.

—No sé qué decirte, Paul.

—Es muy fácil Simeón, ¿sí o no?

Ante él tenía lo que era un plano de un aparato que sin duda escapaba a sus conocimientos como ingeniero naval. Tampoco su alto cargo de Vicealmirante de la Marina Nacional francesa le serviría en este caso de gran ayuda.

—¿Puedo quedármelo y enseñarlo a Charles? Él es tan responsable como yo de nuestro submarino, el Plongeur.

Verne negó rotundamente con la cabeza.

—En absoluto, esos planos he de llevarlos conmigo de vuelta a París. Hoy mismo. Mi hermano me espera.

—Podemos vernos allí. Solo estoy aquí una semana visitando a mi familia.

—Lo sé, y agradezco tu deferencia conmigo. Pero quiero estos documentos lejos de miradas indiscretas. Por eso he preferido viajar hasta este pueblo.

Simeón lanzó un profundo suspiro de resignación y volvió a prestar toda su atención al descomunal submarino que Paul Verne le había traído. Constaba de doble casco y en total medía setenta metros de largo por ocho metros de ancho. Era casi el doble que el suyo. Según le acababa de narrar su imprevisto invitado, debería poder alcanzar la increíble velocidad de cincuenta nudos y descender a profundidades de más de once kilómetros.

—¿Y dices que su motor es propulsado por electricidad producida por baterías de una amalgama de sodio y mercurio?

—Efectivamente —dijo Paul Verne—. El compuesto forma una pasta que sustituye al zinc en las pilas Bunsen.

De tratarse de cualquier otro, Siméon Bourgeois haría tiempo que le habría pedido a su asistente que echase a esa incómoda e inesperada visita que se había presentado hacía menos de una hora en su casa. Pero en este caso, no era cualquiera. Había leído Cinco semanas en globo y admiraba sin reparos al escritor. No conocía personalmente a Paul, su hermano, pero sabía que les unía un gran afecto… Y venía en su nombre.

—Esta tecnología no existe actualmente, Paul, al menos, no que yo sepa.

Paul frunció el entrecejo y alzó el tono de su voz:

—Lo sé, Simeón, pero sigues sin responder a mi pregunta. Eres la persona que ha conseguido construir el primer submarino propulsado exclusivamente por energía mecánica. Solo tú puedes ayudarnos. En caso de existir esa tecnología eléctrica, ¿habría alguna forma de conseguir más potencia? ¿Habría alguna manera de añadir una máquina de vapor, que funcione con peróxido de manganeso, zinc y clorato de potasio?

Tras unos minutos en los que pensó con la mirada perdida hacia el plano colocado encima de la mesa de su despacho, finalmente respondió:

—Precisamente un submarino español, la nueva versión del Ictíneo, demostró hace unos años poder funcionar mediante la máquina de vapor que mencionas. El compuesto químico de Monturiol reaccionaba produciendo vapor para impulsar al submarino y además oxígeno, que almacenaba en tanques y servía para ser respirado por los tripulantes. Pero lo que me pides va mucho más allá. ¿Un sistema dual de propulsión? La semana que viene he de volver París para la reunión de la Comisión de Defensa Submarina. Déjame que me plantee alguna solución en estos días. Me reuniré pronto con vosotros.

Paul Verne finalmente sonrió de manera relajada, recogió los documentos y enrolló el plano del submarino. Dirigiendo una agradecida mirada a su anfitrión, dijo:

—Eso es justo lo que deseaba oír, Simeón

Francia

Francia

Hoy hace ocho días que mientras los gigantes y enanos divertían a los chiquillos por las calles de la población, llegaba a Vigo inesperadamente el popular novelista Mr. Julio Verne en un lindo vaporcito de su propiedad. Precedía algunos minutos en la llegada al puerto la fragata de guerra Flore, de nacionalidad francesa, que poco después saludaba a la plaza por medio de sus cañones, y otro tanto hizo el castillo del Castro, sacándole el polvo a los suyos.

Sin embargo, aquel día empezaban los festejos por la reconquista de esta plaza cuando la invasión francesa, y Dios trajo a un mismo tiempo a estas aguas, en son de paz, un hombre de imaginación poderosa, que ha puesto su talento científico a disposición de la imprenta, que es la gran máquina cosmopolita que está conquistando el mundo, y un buque que rompió el silencio de estas playas con el ruido de sus cañones para pregonar su cortesía y su amistad. El tiempo, que es un gran disolvente para las cosas humanas, hizo que franceses y españoles, sin perder por eso sus ideas de nacionalidad, diesen al olvido antiguos rencores, y la cordialidad de unos y la hidalguía de otros fuesen expresión de afecto en estos días.

Omega

Omega

Cuenta la leyenda que en los albores de la humanidad, en la era de Príamo y la mítica Troya, fue levantado al otro extremo del orbe, en un lugar conocido como Tartessos, un santuario fenicio en honor a su dios, Melkart. En él, los sacerdotes vigilaban que las llamas del fuego perpetuo, nunca se extinguieran. Era allí donde moraban las Diosas del Ocaso, las Hespérides, ninfas que cuidaban un maravilloso jardín de cuyos árboles colgaban manzanas doradas que proporcionaban la ansiada inmortalidad.

En ese recóndito lugar, Hércules, hijo de Zeus, abrió un estrecho para comunicar el Mediterráneo con el gran océano. En ese templo, tras ser envenenado con la sangre del centauro Neso, se encontraba la tumba con sus cenizas. También allí se custodiaban preciosas reliquias, como el cinturón del gran Teucro, con la flecha que dio muerte a Héctor durante la guerra de Troya, o el árbol de Pigmalión, olivo del que florecían preciosas esmeraldas.

En la entrada, un frontispicio flanqueado por dos gigantescas columnas, escenificaban los doce trabajos de Hércules y sobre la estructura del templo, se erigía una colosal estatua en bronce. En ella, Hércules sostenía las llaves del mundo conocido, mientras la otra apuntaba la inmensidad del océano inexplorado. Junto a él, una inscripción: “Non plus utra” —No hay nada más allá—. Fue en ese santuario donde Aníbal, siendo apenas un niño, realizó en el ocaso, justo en el momento cuando el sol se convierte en fuego y se funde con el horizonte, su famoso juramento de odio eterno a Roma. Más tarde volvería para ofrecer sus votos a los dioses, antes de emprender la colosal campaña contra la ciudad. Años después, Julio César pasaría una noche atormentado, consultando a los oráculos del templo. Ante la estatua de Alejandro Magno que allí había, lloró como un niño, desconsoladamente. Al amanecer, César partió para convertirse en emperador de Roma. Lo que aconteció en aquel lejano islote, cambiaría para siempre, el destino de toda la humanidad.

Pero el historiador árabe Al-Masudi, narró en sus crónicas hace muchos siglos que, cerca de este lugar, había un rey llamado Greciano, con una hija de una belleza sin parangón. Reclamada como esposa por todos los príncipes, su padre no podía aceptar a uno u otro por yerno, por miedo a que el rechazo, produjese una guerra con todos los repudiados. Finalmente, un día decidió llamar a su hija, para que fuera ella quien eligiese marido. Ella, que era hermosa, pero también erudita, dijo: “Dile a cuantos príncipes vengan a pedirte mi mano, que solo estoy resuelta a tomar por esposo, a quien demuestre ser sabio”. Finalmente solo dos se presentaron: “Yo soy un rey sabio” —afirmaron ambos.

Os impondré una tarea. Aquel que mejor la desempeñe, se llevará mi mano. Uno construirá una gran rueda hidráulica que traerá agua desde la lejana costa, hasta aquí. El otro, deberá erigir un talismán que preserve a nuestra ciudad de los ataques berberiscos.

Así fue. El primero construyó un colosal acueducto de sillares que desde una elevada montaña, en tierra firme, hacía caer el agua dulce en un estanque de Cádiz. El príncipe del talismán, levantó el gran templo dedicado a Hércules. Pero su contrincante, con engaños, traiciones y usando muchos esclavos que explotó hasta su extenuación, acabó antes el acueducto. Mientras eso ocurría, su oponente alisaba en las alturas la cara de Hércules, pues nunca veía la estatua lo suficientemente bella para la hija del rey Greciano. Al ver el agua surcar por el acueducto, y por tanto, sentir la pérdida de su amada, decidió que su vida ya no tenía sentido y se arrojó, poseído por una fuerte locura, contra las rocas del acantilado que rodeaban el templo.

Cuenta la leyenda, que mientras la estatua estuvo en pie, jamás sopló viento alguno en ese lejano lugar. Pero una vez fue derribada y destruida, un intenso viento de levante apareció de la nada. En su interior, como un leve susurro que surca el mar, bajo los cantos de las Hijas del Atardecer, aún pueden oírse los atormentados lamentos por el amor perdido.

Transmutar:

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